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ENTRE FUNDAMENTALISMO
Y ANTROPOLOGISMO


P. Juan Gozález Núñez
Misionero comboniano


¿Cómo evangelizar en el siglo XIX un pueblo no expuesto todavía al mensaje cristiano? Como misionero en una misión "de frontera" no puedo eludir esta pregunta básica. No para dar una respuesta original e inédita, sino para situarme en términos concretos entre las distintas respuestas que otros han dado antes que yo.

Hagamos memoria de algunos hechos. A mediados del siglo XIX, cuando comenzó la evangelización masiva de África, todo el continente estaba en estado de "frontera", pues el evangelio llegaba allí por primera vez. Los misioneros pusieron manos a la obra con tanto entusiasmo y eficacia que África es hoy en buena parte cristiana. Pero a esta evangelización se la acusó posteriormente de haber hecho tabla rasa de las culturas locales y de no haber sido capaz de descubrir los valores humanos, morales y religiosos contenidos en ellas. Y hay que admitir que eso fue así, aunque no faltaran ilustres ejemplos de misioneros que sí tuvieron ojos para las culturas y se identificaron profundamente con ellas. Quizás no tanto por un reconocimiento del valor de la cultura en sí misma, cuanto por amor a las personas a ella pertenecientes.

El gran desarrollo que experimentó la antropología cultural a partir de finales del siglo XIX ayudó a la Iglesia a volver la atención sobre las culturas en cuanto tales y descubrir cuanto de positivo hay en todas ellas. Como en tantos otros campos, también en éste fue el Vaticano II el que marca el cambio de mentalidad eclesial. El Concilio, al hablar de las "semillas del Verbo" contenidas en las culturas y religiones de los pueblos, nos vino a decir que Dios había precedido al misionero. Y no para invalidar su llegada, sino para prepararla.

Como consecuencia de este cambio de actitud, a lo largo de los anos 70 tuvo un gran auge en el campo misionero la llamada teología de la inculturación. El mensaje evangélico -viene a afirmar ésta- es susceptible de encarnarse en todas las culturas y ser expresado en las categorías mentales de cada una de ellas. Pueden, así, ser sanadas y enriquecidas por el evangelio, mientras el evangelio gana en amplitud y diversidad de expresión.

 


Para un misionero el único absoluto es el evangelio, el cual juzga toda persona y toda cultura y la purifica de todo cuanto tiene de antievangélico.

 
 

Los misioneros multiplicaron sus contactos con la antropología, buscando en ella las claves para profundizar en las culturas. Era un paso legítimo, pero que resultó ser también peligroso. Porque más de un misionero perdió lo específico de su identidad para mimetizarse de antropólogo. La metodología de éste le exige ver cada cultura como una especie de absoluto al que no se le debe juzgar como bueno o malo desde nada fuera de ella misma. Para un misionero, en cambio, el único absoluto es el evangelio, el cual juzga toda persona y toda cultura y la purifica de todo cuanto tiene de antievangélico. Por eso, quiéralo o no, la evangelización es un poderoso agente de transformación cultural. Al misionero que entra en su campo de trabajo con mentalidad de antropólogo, le será muy difícil dar el salto hacia la actitud misionera.

A los aires de "antropologismo" que recorrieron las filas misioneras en el último tercio del siglo XX, respondió, como reacción, el "fundamentalismo", muy presente que los movimientos pentecostales protestantes, pero con fuertes ecos también en el campo católico. El anuncio de la Palabra reconquista aquí su primacía absoluta o, más bien, su total exclusivismo. Las culturas, al menos teológicamente hablando, vuelven a ser ignoradas e incluso adquieren una connotación negativa. Ellas son "el mundo" al cual la Palabra se opone sin términos medios.

Por muy teóricas que parezcan estas dos posiciones, en realidad, interfieren de manera decisiva en la metodología misionera. A los misioneros nos toca caminar por la creta de estos dos "ismos" sin caer en el radicalismo de ninguno de ellos, pero sin negar la parte de verdad que cada uno contiene. No todos, por supuesto, situamos el justo medio en el mismo punto y eso pertenece a la legítima pluralidad de métodos dentro de la misión.


     

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