LA MISIÓN - MISIÓN
P. Juan Gozález Núñez
Misionero comboniano
Quienes nos hemos embarcado en la aventura misionera antes del Concilio Vaticano II hemos pasado por una amplísima gama de formas de entender y de vivir la misión. En primer lugar, en cuanto a su marco geográfico. La imagen romántica de las tupidas selvas, de las inmensas llanuras semidesérticas y de los "pobres negritos" o "pobres indiecitos" que las habitaban, tuvo que ser pronto abandonada. Lo que el misionero encontraba, dondequiera que fuese destinado, eran sociedades más o menos complejas, modeladas según patrones del mundo occidental, con una creciente urbanización y con lacerantes problemas de pobreza, corrupción e injusticia.
No menos que el marco geográfico, ha cambiado el teológico. Del "salvar almas" que alimentaba la espiritualidad misionera preconciliar, se pasó, en rápida sucesión, a poner de relieve otros aspectos de la misión, muy diversos entre sí, aunque sin duda concatenados. El Concilio habló de la Iglesia como signo e instrumento de la llegada del Reino. Pero pronto el acento se desplazó de la Iglesia al Reino mismo. Puesto que el Reino -se dijo- era más amplio que la Iglesia y podía llegar por otros canales que no fueran la Iglesia, promover esos canales (el progreso social, la paz y la justicia...) fue visto como una nueva forma de hacer misión. Cabía, pues, el misionero especializado en pozos, el misionero padre y educador de niños de la calle, o el misionero promotor de cooperativas o de micro créditos...
Pero, como pronto se hizo evidente que ningún progreso era posible en un mundo estructuralmente injusto, la lucha por la justicia a todos los niveles pasó a ser una de las expresiones más privilegiadas de la misión. Primó entonces la figura un tanto desgarbada del misionero "voz de los sin voz", de palabra dura e incómoda, al estilo de los profetas de antaño. Sin embargo, también aquí la evolución se hizo necesaria, cuando se cayó en la cuenta de que la denuncia, para ser eficaz, debía ser no tanto retórica, altisonante cuanto articulada y "profesional". Surgió así el misionero de corbata, que deambula por los pasillos de Estrasburgo, Nueva York y Bruselas, con paquetes de leyes alternativas a presentar en los centros del poder, allí donde se gobierna (o des-gobierna) el mundo
Todo esto es misión. No es que lo diga algún que otro teólogo progresista; lo afirman todos los recientes documentos de la Iglesia. Según ellos, la misión es una acción compleja, que va desde el anuncio directo del mensaje de Jesús o la "plantatio Ecclesiae" hasta todo lo que contribuya, de una u otra forma, a promover los valores del Reino.
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La misión es una acción compleja, que va desde el anuncio directo del mensaje de Jesús hasta todo lo que contribuya,
de una u otra forma, a promover los valores del Reino.
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Una pregunta, sin embargo, retorna persistentemente: ¿hay alguna de estas formas que sea la misión por antonomasia, que sea la misión - misión? Pregunta harto difícil, a la que cada misionero dará sin duda su propia respuesta. Y es que a todo misionero quizá le quede en el fondo del corazón un pequeño o grande apego al tipo de misión que soñó en su primera juventud, cuando dijo al Señor del Reino: "Heme aquí, envíame", y seguro que piensa que esa es la misión - misión.
Temo que ese sea mi caso. Hacia el atardecer de mi vida, y después de haber vivido por muchos años la misión en puestos de "retaguardia", he aquí que se me acaba de regalar la misión soñada en mis años jóvenes. Sí, la misión desde la que hoy escribo estas líneas tiene mucho del marco externo de la misión ideal de hace medio siglo: poblados enjutos, mimetizados en medio una vegetación también enjuta, tostada por un sol implacable; hombres y mujeres que repiten fielmente, casi ritualmente, el ritmo de vida de sus padres y sus abuelos; niños que huyen despavoridos a mi llegada, porque jamás hombre blanco había pisado hasta ahora su poblado... Ni siquiera el omnipresente anuncio de la Coca Cola ha llegado aquí.
Confieso que en ningún otro destino anterior me había sentido tan misionero. Y me ronda la tentación de tomar esto por la misión - misión. No lo hago, porque sé que hay muchas otras, todas igualmente legítimas. Más bien, ésta es ya casi una misión obsoleta. Pero si no es la misión - misión en términos genéricos, lo es para mí en términos existenciales. Mientras camino por los senderos que entretejen el bosque, mientras comparto con cada grupo de vecinos una breve oración de confianza en Dios a la hora del café matinal (de momento poco más se puede hacer), no puedo menos de pensar que este marco se asemeja mucho a aquel en que Jesús "iba por ciudades y aldeas anunciando que el Reino de Dios estaba cerca". Y, en fin de cuentas, es a este Jesús ingenuo y desarmado a quien toda forma de misión, para que sea misión cristiana, habrá de hacer referencia.
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