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RUMORES DE GUERRA


P. Juan Gozález Núñez
Misionero comboniano


En este bendito Cuerno de África siempre hay algún foco de tensión, cuando no guerras abiertas de todas las dimensiones. Sin embargo, y a pesar de los años vividos aquí, nunca he visto una guerra tan de cerca como para que las balas me silbaran en torno a los oídos o me topase, al salir a la calle, con un tanque escupiendo fuego. Cuando yo estaba en el sur, la guerra era en el norte; ahora que estoy en el oeste, la guerra se desplazó al este.

Así, la guerra la vivo de rumores. Y estos días han sido precisamente de rumores de guerra. Etiopía entró en Somalia hace más de un año. Entraba, según versión oficial de aquel momento, por 15 días para ayudar al débil Gobierno oficial a echar de la capital a los islamistas. Ahora, un año después, sigue allí y la guerra es más cruenta que nunca. Y hay miedo a que Eritrea, la archienemiga declarada, aproveche la ocasión para atacar desde el norte.

Ello explica que hubiera nuevos reclutamientos para el Ejército. El alistamiento es voluntario, pero hay voluntarios en abundancia incluso ante los rumores de guerra. Preguntados si no tienen miedo, procuran no decir a los demás ni a sí mismos que lo tienen. Prefieren pensar y decir que eso de la guerra es sólo una posibilidad lejana, sólo rumores.

 


El cristiano tiene la tarea de empeñarse
en ser constructor de paz..


 
 

HE AFIRMADO que no he visto la guerra de cerca. Y lo mantengo si por ello se entiende la acción bélica de disparar. Pero lo retiro si se entiende que no la he visto en sus dolorosas consecuencias. Esta vez los que se han marchado han sido Aguelo, Bembelash, Werku, por nombrar sólo aquellos más allegados a la misión, más "nuestros". Se fueron sin avisarnos. Algunos ni de la familia se despidieron. Seguro que para evitar malos tragos. Conseguí llegar a tiempo para despedir a Aguelo cuando ya estaba en el autobús que lo llevaba a un destino desconocido. No pude adivinar si iba contento o no, tan inexpresivo era su rostro. Las que no ocultan su llanto son las madres y las personas queridas.

¿Por qué se van? Sería iluso pensar que es porque aman tanto la patria, que van a dar la vida por ella. No reina aquí, gracias a Dios, tal ambiente de euforia patriótica. Se van porque no hay muchas otras salidas para los jóvenes. Los más aventajados en estudios o en posición económica de la familia, pueden todavía alimentar la esperanza de abrirse camino. Pero, para el resto, la salida más a mano es el Ejército. La disciplina es dura, piensan, pero no mucho más que las condiciones en que viven. Si no tienen suerte, se quedarán tendidos en algún campo de batalla. Así se quedaron Melesse y Guetahún y Badem, que se fueron hace tiempo y nunca más se supo de ellos. Si tienen suerte a medias, volverán con una pierna o un brazo descalabrados y malvivirán el resto de sus días con una pensión simbólica. Si la suerte les sonríe, volverán un día y contarán algunas de las muchas peripecias vividas, callándose otras que ellos mismos quisieran olvidar para siempre.

LA GUERRA. Los cristianos parece que estamos abandonando la vieja tesis de la "guerra justa" para llegar a la convicción incuestionable de que no hay guerras justas y de que un cristiano debe ser pacifista por definición. Así al menos lo creo yo. Porque, si a donde han llegado sólo sus rumores, la guerra no trae más que males, ¿qué no traerá a donde llega con su metralla? Claro, me pregunto qué peso tiene mi convicción en un mundo donde no hay espacio para palomas y donde los halcones, aun aquellos de la mejor índole, deben afilar sus garras para disuadir a otros halcones más agresivos. La "realpolitik", la que funciona, es la de hacer la guerra o armarse para la guerra. Y no parece tener alternativa real, salvo la "irreal" de las bienaventuranzas.

Pero, pensándolo de nuevo, y hablando desde lo que Dios soñó que el hombre fuera, es decir, desde las bienaventuranzas, el cristiano tiene una sola propuesta y una sola tarea, la de empeñarse empedernidamente en ser constructor de paz.


     

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