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MISIÓN EN TIEMPOS DE DUDA


P. Manuel Augusto L. Ferreira
Misionero comboniano


Cuando entré en el seminario, Viseu era una iglesia robusta que ofrecía esperanza a los Misioneros Combonianos que abrieron allí su primera comunidad formativa de Portugal. Esa inversión tuvo un resultado espléndido en las decenas de combonianos portugueses originarios de Beira Alta. Cuando fui ordenado sacerdote, las parroquias de mi municipio tenían todas párroco residente. Hoy son más las que no lo tienen. Cuando salí por primera vez, dejé una Iglesia que me acompañaba con un sentimiento positivo de envío.

Ahora, sentí que dejaba atrás una Iglesia que muestra signos de implosión. En las palabras de despedida sentí perplejidad en vez de entusiasmo: ¿Por qué se va cuando aquí las necesidades son tantas? A las dudas con las que mi Iglesia de origen llamó mi atención a la hora de la despedida, tengo que responder que nuestras necesidades no pueden cuestionar el mandato misionero de Jesús: "Id... hasta los confines de la Tierra" (Mt 28,19).

Partí, así, sintiendo en los que dejaba sentimientos de duda. Pero ello no se quedó ahí. Ya en Manila, encontré una familia filipina, católica, cuya hija se iba a casar con un joven portugués. La señora no dejó de manifestar su sorpresa cuando supo de la presencia de misioneros portugueses en Filipinas: ¿Por qué vinieron, cuando allá están siendo tan necesarios? Ante mi sorpresa por su reacción, me contó la historia y me quedé escuchando su pregunta.

En su fervor católico, descubrió que el novio de su hija, "conquistado" en una peregrinación a Fátima, no estaba confirmado. La posibilidad de que existieran en Portugal, un país "católico", personas sin los sacramentos de la iniciación, era algo que iba más allá de su capacidad de comprensión.

 


"En tiempos de evidente perplejidad,
al misionero sólo le queda
volver a poner a Cristo
como único fundamento de la Misión".

 
 

Mi compañero, P. David Domingues, visita cada domingo las parroquias para dar un empuje para que la Iglesia filipina se sienta más misionera. Su idea -y la de los combonianos que estamos aquí- es pasar una conciencia misionera activa a la juventud y a los adultos, de modo que los cristianos filipinos -acostumbrados a recibir durante siglos- pasen a dar, a compartir sus recursos, personas y medios, con la misión universal.

En una celebración en la que hablé del desafío de la evangelización de Asia y de China en particular, una familia me esperó al final de la Eucaristía. De mediana edad, simpáticos, me salieron con esta pregunta: "En el contexto ecuménico y global en que vivimos, ¿qué sentido tiene pretender ir a incomodar a los otros con nuestra religión?" Si las religiones son todas caminos positivos para la salvación, ¿Por qué pretender convertir los otros a la nuestra?

La pregunta dio pie a un interesante diálogo. Expliqué mejor mi punto de vista: no se trata de ir -y mucho menos con actitudes o métodos violentos- para convertir a los otros. Se trata de ir para conocer y compartir, para compartir el Evangelio y acoger los valores espirituales de los otros. La conversión y todo lo demás lo dejamos a Dios.

Lo nuestro es ir a los otros, en el nombre de Jesús. No es para nosotros un incomodo, ni para ellos una amenaza. Es un acto de comunión y encuentro en lo que tenemos de más precioso: nuestras experiencias religiosas. La actitud de mis interlocutores traduce la posición de muchos católicos asiáticos: son felices con su fe, pero no sienten la urgencia de compartirla. Viven en un contexto cultural que lo desaconseja.

Regresé a casa, pensando en las dudas que acompañan al misionero cuando éste necesitaría tener (más) certezas. Resistí la tentación de una huida hacia adelante (en la que muchos de nosotros estamos cayendo) y de justificar la misión cristiana con las causas del desarrollo, de la justicia y la paz, percibidas como justificación más útil.

Reconozco la urgencia de estas causas, pero pienso que ellas no justifican por sí solas la misión cristiana. Los pueblos llegarán por sí mismos al desarrollo y a las relaciones de mayor justicia e inclusión social. Pero nunca llegarán por sí mismos al Evangelio ni a Cristo. Y concluyo para mí que, en tiempos de evidente perplejidad, al misionero sólo le queda volver a poner a Cristo como único fundamento de la Misión.

Me acuerdo, espontáneamente, de Pablo de Tarso, el primero de una serie interminable de misioneros, en superar la tentación de poner otro fundamento a la misión que no sea Cristo, el primero en encontrar sentido a las dudas y flaquezas que lo acompañaban, en las palabras del Maestro: "Te baste mi gracia, mi poder se muestra mejor en tu flaqueza y en tus dudas" (2Cor 12,9).


     

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