COHERENCIA MISIONERA
Mons. Franco Masserdotti
Obispo de Balsas (Brasil)
Hace poco falleció un amigo mío, sacerdote de nuestra diócesis de Balsas (Brasil). Tenía 32 años. Teníamos grandes proyectos para él, para cuando hubiera completado sus estudios en Roma. Pero Dios tenía otro proyecto. El sabe lo que es mejor y nosotros mismos, con mucha nostalgia en el corazón, proclamamos con firme esperanza: "Bendito sea el nombre del Señor". Antes de morir, nos dejó un bello testamento espiritual. He aquí algunos extractos:
"Aquí estoy para que Dios me dé algunos años más de vida, si esto es posible, si no estoy ya preparado. Deseé amar de cuerpo, alma y espíritu a todos/as y a todo, pero hoy, todo lo que deseo es volver a vivir como la persona más coherente, feliz, responsable, como un hombre íntegro, como un sacerdote del Señor."
Lo que me impresiona de este amigo es la gran preocupación por la coherencia en su compromiso sacerdotal al servicio del Reino. El quería evangelizar con el testimonio de vida. La coherencia es una virtud misionera fundamental.
Jesús, en su vida y en su misión, fue un gran maestro de coherencia. Al dejar su profesión de carpintero, Jesús se presentaba a los ojos del pueblo como simple maestro de religión. No tenía ningún apoyo político o de institución religiosa. No obstante, todos se admiraban porque hablaba "como quien tiene autoridad" (Mt 7, 29) y decían de él que "jamás ningún hombre habló como este hombre" (Jn 7,46). La fascinación provenía de su sinceridad y de la coherencia entre vida y mensaje. La palabra de Jesús estaba llena de fuerza (incluso cuando era instrumentalizada o rechazada), porque partía de su vida y por eso penetraba en la vida. Jesús podía decir: "Yo soy el camino, la verdad y la vida" (Jn 14,6), "Yo hago siempre aquello que agrada al Padre" (Jn 8,29).
Jesús hablaba del deber de dejar todo: su vida estaba impregnada por la lógica del don y de la comunión con el pobre, y por el rechazo a cualquier acumulación y explotación. "Las zorras tienen guaridas y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza" (Mt 8,20; Lc 9,58).
Jesús hablaba de servicio: toda su vida fue servicio contra toda lógica de poder (Mc 9, 32-36; 10, 41-46; Lc 17, 7-10; Jn 13, 1-17).
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El misionero es, como Jesús, aquel que anuncia el Reino, en primer lugar, con la coherencia de su vida.
La misión se realiza más en el ser que en el hacer o decir.
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Jesús hablaba de fraternidad universal: todo su proceder estaba volcado en la creación de nuevas relaciones sociales, donde todos son respetados y los débiles son privilegiados. Su vida fue una militante oposición al sistema y una contestación a la jerarquía entre las personas, basada en la posesión de bienes materiales, en la pertenencia religiosa, política, de clase o nación (Jn 17, 20-23).
Jesús hablaba de oración. Pero era su vida la que se caracterizaba por una continua compenetración contemplativa del Padre (Lc 10,22).
El misionero es, como Jesús, aquel que anuncia el Reino, en primer lugar, con la coherencia de su vida. La misión se realiza más en el ser que en el hacer o decir. De lo contrario la evangelización corre el riesgo de convertirse en una mera propaganda religiosa. Recuerdo que el Papa Pablo VI decía a los evangelizadores: "¿Creéis de verdad en aquello que anunciáis? ¿Vivís aquello en lo que creéis? ¿Predicáis verdaderamente aquello que vivís? El testimonio de vida se convirtió, más que nunca, en una condición esencial para la eficacia profunda de la predicación" (Evangelii Nuntiandi, 76).
María fue una gran fuente de inspiración para esto (Lc 2, 46-55). María consiguió descubrir al Señor como única riqueza y único éxito y no vislumbró otra posesión más allá de la contemplación de las obras que Dios realizó en ella y alrededor de ella.
María consiguió descubrir a Dios como única realidad, y se volvió completamente disponible a sus planes en el día a día concreto de su vida.
Acogió tan en serio la Palabra de Dios que su escucha y su asentimiento dieron Cuerpo al Verbo, es decir, a la Palabra del Padre donada a la humanidad.
María no reservó nada para sí, para darse completamente al amor de Cristo y de la humanidad, y confesar, con la coherencia de vida, la esterilidad de los proyectos puramente humanos y la fecundidad de todo proyecto abierto a la obra de Dios.
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