AÚN QUEDA ACEITE EN LAS LÁMPARAS
Por P. Daniel Cerezo
Entre los compañeros misioneros que volvieron a la misión este año, cuatro de ellos
pasaban la barrera mítica de los sesenta y cinco años. Ya habían entrado dentro
de la catalogación social de “jubilados”, deseable para unos y quizás un tanto angustiosa
para otros. Para la mayoría de sus coetáneos en nuestra sociedad, llegar a esa edad
les abre las puertas a una etapa soñada donde poder organizar el tiempo a su antojo
o realizar actividades hasta entonces poco realizables.
Cuando hoy en día, en nuestra sociedad, hay personas que se jubilan a los cincuenta,
estos cuatro misioneros y, a buen seguro muchos otros, han escogido la vuelta a la misión
para seguir manifestando a propios y extraños que la opción misionera no está constreñida
por la edad, a no ser que la enfermedad imponga su presencia inapelable.
Sí, los misioneros también envejecen. Que dos de esos cuatro, ya jubilados, hayan
optado por aprender una nueva lengua y lanzarse a lugares previamente desconocidos,
bien merece unas líneas. Como sé que no han tenido cobertura mediática alguna, he
decidido brindarles, a ellos y a tantos otros, estas cuatro letras. Debo confesar que, acostumbrado
a ver ir y venir misioneros, este hecho debiera haber pasado desapercibido.
Pero no ha sido así. Saco a colación algunas reflexiones:
La primera es que me ha sorprendido a mí mismo. Si ya no es fácil aventurarse a vivir
en una cultura nueva, donde la lengua, la comida y las costumbres de cada día son
diferentes de la propia, ¡cuánto más difícil no resultará a esa edad! Han aceptado ese
éxodo, no por mandatos inexorables de la obediencia sino con una disponibilidad derivada
de la vocación misionera, aunque uno ya no pueda ocultar las canas, la calva o
las arrugas.
Estos jubilados, en cuyo diccionario no parece haber lugar para la palabra jubilarse,
siguen dando lo mejor de sus vidas en la misión, sembrando esperanza y echando
una mano en todo lo que se tercie. Con todas sus virtudes y defectos, dedican lo mejor
de sí mismos a los marginados, pobres y olvidados. Y ahora, entrados en años, siguen
dejando esa orla, quizás más madura, de entrega y dedicación, al menos hasta
que las fuerzas lo permitan y los huesos aguanten. Ya se lo decían, con un cierto halo
de incredulidad y desconcierto, algunos de sus más allegados, al espetarles con cariño
innegable ese “¿cómo a tu edad vuelves a África?”. Han preferido volver a vivir la
misión, la primera pasión que les fascinó un día, y que sigue atrayéndoles más que los
beneficios y la comodidad que sociedades más opulentas acarrean a esa edad. De alguna
forma, hacen vida el dicho, rico en contenido y sin retórica, de que el límite del amor
es no tener límites.
El día de su partida no hubo cámaras, ni rueda de prensa; solamente alguien
que les llevó al aeropuerto con una maleta en mano y la mochila a cuestas. Sin hacer
ruido alguno han dejado, una vez más, todo aquello que a uno instintivamente le “tira”.
Contrasta su partir a la misión con otros tipos de “turismo misionero”, fomentados
en los tiempos que corren y que acaparan la atención mediática, aunque las más de las
veces sean experiencias fugaces o “fuegos artificiales”.
Finalmente, su partir me ha traído a la mente el modelo bíblico de Abraham, quien
a sus setenta y cinco años tuvo que partir, dejando casa, tierra y todo un pasado para
irse a lo desconocido. Me viene a la mente también el profeta Isaías, apasionado de
Dios, y finalmente, Pablo, el apóstol de los gentiles, que expandió el Evangelio por atajos
previamente desconocidos.
El gesto de estos cuatro “jubilados”, de partir a la querida misión me recuerda que
las lámparas todavía tienen aceite y que continúan siendo, una vez más, un aro más de
la larga cadena misionera de esa nube de testigos, de la que habla la carta a los Hebreos.
Su estela nos deja, por una parte, una dosis de inspiración a los que ansiamos
ese mismo partir, y un tanto de desconcierto a los que no comprenden que cualquier
tiempo es bueno para volver a la misión.
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