APASIONADO POR EL HOMBRE
Por P. Juan González Núñez
Como homenaje a Pierre Teilhard de Chardin en el cincuentenario de su muerte (falleció en Nueva York el día de Pascua de 1955), me he sentido en la obligación de dar un salto al Museo Nacional para hacer una visita a Lucy. Ésa es una de las ventajas de hallarme actualmente en Addis Abeba, la ciudad que alberga uno de los fósiles pre-humanos más completos (40% del esqueleto) y por eso de los más insignes. Lucy (Dinkinesh, "eres un prodigio" para los etíopes) era una hembra de un metro aproximado de altura, que vivió hace tres millones y medio de años en el valle del río Awash, en el este de Etiopía, y que se cree que está en la línea evolutiva que conduce al hombre.
Para Teilhard de Chardin -científico, filósofo, teólogo y místico- la evolución no sólo no humillaba a la raza humana, sino que la dignificaba, poniéndola en íntima continuidad con toda la creación. Si en los años 60 la resistencia a aceptar la evolución era grande, lo era más todavía entre los años 20 y los 50, cuando Teilhard escribía. Contra quien veía en la evolución algo indigno de Dios y del hombre, Teilhard supo descubrir en ella una fuente de espiritualidad y una visión iluminadora del mundo y la materia. Teilhard fue un apasionado de la naturaleza, incluso de la más tosca y elemental, desde la piedra con la que tropezaba en el camino hasta el clavo herrumbroso recogido del suelo con respeto. Pero este amor casi místico por la tierra iba unido al amor a Dios Padre, punto Alfa de la creación, y a Cristo, su punto Omega.
La naturaleza para él no era sólo lo que se percibe a simple vista; al contrario, la veía conteniendo ya de alguna manera en sus formas elementales lo que se manifestaría más adelante. En la materia aparentemente inerte, como la roca o el cristal, hay ya un grado de organización que tiende a hacerse más y más compleja. Y en su camino ascendente alcanzará "puntos críticos", incandescentes, como son la aparición de la vida y el emerger de la conciencia refleja, es decir, del hombre. Desde que el hombre aparece, es la punta de lanza de la evolución, atraído por el punto Omega, que es Cristo, persona divina encarnada.
Teilhard de Chardin vivió en China entre 1923 y 1946. Como paleontólogo, estuvo ligado a los descubrimientos de los fósiles humanos del llamado Sinathropus Pekinensis, en Choukoutien (China), en cuyas excavaciones participó. Pero también hizo visitas a Somalia y a la ciudad de Harar (Etiopía), no lejos de donde, en 1975, Donald Johanson encontró el fósil al que bautizó con el nombre de Lucy.
Aunque en un primer momento se creyó que la cuna de la humanidad había que buscarla en Oriente, todos los descubrimientos recientes apuntan a que el salto, "el punto crítico", hacia la hominización no se dio en Asia, sino en África, y más concretamente en el Valle del Rift, que va desde el Mar Rojo, en Etiopía, hasta el Océano Índico, pasando por el Valle del Omo y la región de los Grandes Lagos. Fue en este valle donde se han encontrado los fósiles y los utensilios humanos más antiguos.
Me alegro que sea en África donde los antepasados del hombre dejaron de ser tales para ser simplemente hombres. En la mejor tradición africana, aun sin conocer la teoría de la evolución, toda la naturaleza es percibida como unificada por una fuerza interior de la que participan todos los seres, desde la montaña, el árbol o el río, hasta el hombre y los espíritus superiores a él. Son reveladoras, a este respecto, las esculturas africanas en las que plantas, animales y hombres aparecen ligados entre sí sin solución de continuidad.
Desde África se conmemora, pues, con más emoción el cincuentenario de un hombre que, tomando en serio la evolución, soñó con una humanidad más solidaria entre sí y respetuosa del planeta que la alberga.
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