CARNE DE CAÑÓN
Por P. Daniel Cerezo
Hace algún tiempo leía en la revista Newsweek, en la sección de lectores, una carta de un tal G. Chua de Singapur. Comentaba un artículo que había aparecido en la revista sobre la figura de Jesús de Nazaret. Hablaba desde su postura de la cultura asiática y alababa el papel que el cristianismo había jugadio en la cultura occidental: "Imagínese -escribía- una sociedad donde la persona no es imagen de Dios y la dignidad del individuo depende del poder y la riqueza que uno posee".
Las estadísticas hablan por sí solas y nos demuestran, por ejemplo, que si la persona humana no es considerada como imagen de Dios se llega muy fácilmente a considerarla como propiedad, instrumento o máquina; en definitiva, como esclava. Y ahí están las cifras. Es de todos conocida la degradación, compra y venta de niños, de forma pública y descarada en Sudán, donde hay más de 90.000 esclavos. Las bandas de contrabando de niños y niñas en Bangladesh, donde en los últimos siete años más de 2.000 niños y niñas fueron víctimas de tráfico humano. La explotación laboral de niños en la India, las redes de turisno de lujo y de prostitución en algunos países asiáticos como Tailandia, donde la prostitución engrosa el 60 por ciento del ingreso nacional, es buen botón de muestra.
La lista es variopinta: mujeres explotadas en fábricas o en redes de prostitución, niños trabajando en minas o en fábricas de ladrillos o cerámicas en China, donde viven en condiciones inhumanas y sin posbilidad de escapar, o como soldados a sueldo en Liberia y Uganda. Recolectores de caña en países latinoamericanos e inmigrantes se unen a esta lista. Son noticias que aparecen en la prensa como estrellas fugaces. Y sin olvidar la tan cacareada deuda extema, nueva forma de esclavitud, no ya de individuos sino de naciones enteras.
El cristianismo trajo un cambio de mentalidad en lo que a !a esclavitud se refiere, pero fue lento. Bajo la ley mosaica, la esclavitud estaba implícitamente permitida. El mismo San Pablo insiste en que los esclavos han de obedecer a sus señores. En las civilizaciones griega y romana, la esclavitud era comúnmente aceptada. Caminamos, en efecto, a paso de tortuga en este delicado campo. Avance tecnológico y respeto a la persona humana parecen llevarno solo rumbos diversos, sino opuestos.
Al esclavo de hoy le define un común denominador, que es la pobreza. Marginados y apartados del banquete del Reino, ellos encarnan al pobre Lázaro de nuestro tiempo, porque ni siquiera se les permite comer las migajas que caen de la mesa del magnate Epulón. Tienen que sudarlas! La explotación y un futuro con poco espacio a la esperanza son también sus compañeros de camino. Detrás de ella está la ideología de turno o el déspota sin escrúpulos. Carne de cañón, objeto de uso y abuso, el esclavo queda, en la mayoría de sus casos, a merced del tirano de turno.
Sin ánimo de apuntar a nadie con el dedo inquisidor o cargar las culpas sobre espalda ajena, debemos reconocer que hay que establecer nuevos mecanismos de "rescate". La palabra profética necesita el respaldo de la acción y del gesto para desenmascarar a los agentes de la esclavitud.
Una sociedad sin Dios, o que se ha hecho un dios títere a su medida, es el caldo de cultivo de las más variadas formas de esclavitud. En juego está la dignidad de millones de seres humanos. Y con ellos la Iglesia misionera, impotente muchas veces ante los opresores de turno, pero siempre al lado del indefenso e insertada en su hábitat. Redimir al cautivo y desenmascarar las nuevas formas de esclavitud siguen siendo tareas en las que tiene que estar embarcada la Iglesia misionera, que lleven a la persona a reconocerse como imagen de Dios.
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