CONTAR LA MISIÓN
Por P. Daniel Cerezo
La vuelta del misionero a su país de origen, bien por motivos de descanso, enfermedad o trabajo, nos trae a colación su papel en un contexto que, aunue nos parezca una paradoja, le es un tanto extraño. Este cuestionamiento emerge porque se tilda a Europa como "país de misión", o por el posicionamiento de algún sector de la Iglesia europea, cuya tentación de cerrarse en sí misma no le acarrea otra cosa que su propio anquilosamiento.
Sin ánimo de intentar curar la miopía de quienes cuestionan el papel del misionero en su país de origen, habrá que afirmar, una vez más, que su presencia dinamiza la corresponsabilidad entre Iglesias, irradia una dosis carismática y profética, y es medio que invita a compartir experiencias eclesiales que pueden ser iluminadoras y detonantes espabiladores de cristianismos aburguesados y anestesiados en ciertas latitudes. Claro que todo esto en teoría, porque la tentación del misionero de verse diluido en el relativismo reinante, con su celo misionero atrapado por la maraña de la mediocridad y tocado por la superficialidad de la sociedad de consumo, son hartamente halagadores y persistentes.
La vuelta a su comunidad de origen presenta al misionero el planteamiento de cómo relatar y contar la misión. Debemos admitir que seduce constantemente al misionero el peligro de contar la experiencia misionera en una única dirección, donde se subraya el protagonismo económico y la influencia paternalista de la viejla Europa o la reiterada incidencia de poner como punto de referencia la propia.persona, incluso por encima de la acción de Dios. En su afán por atraer a todos a Cristo, el misionero a veces acentúa la aureola de su propia experiencia como parámetro de la misión, dejando a la comunidad local de la misión de donde viene su mero carácter de recipiente pasivo de los beneficios que el misionero le acarrea.
Se imponen hoy formas de relatar y contar la misión desde otros parámetros. Las comunidades cristianas de Europa se beneficiarán de la experiencia contada por el misionero, si en eNa se relata la acción de Dios en las personas concretas y en la comunidad local, en el día a día de su vida en los contextos tan variopintos de Asia, África o América.
Se me ocurre que hay que contar la misión desde la experiencia del encuentro: con el Dios que se hace presente en la misión, su impacto en mi vida y a la vez la experiencia creyente de los cristianos a quien Dios me envía. No son los grandes números y las masas o listas de bautizados, ni siquiera el dinamismo social, el parámetro de la vitalidad de la comunidad cristiana. El encuentro con la persona concreta, como Jesús hace con la samaritana, el ciego Bartimeo, el joven rico o Zaqueo. Pedro, Pablo y los demás apóstoles se encuentran con Priscila, el tímido Timoteo... En esos encuentros se relata la misión vivida por las primeras comunidades cristianas, sobre todo entre los gentiles, y la gracia de Dios actuando en ellas.
Relatar la misión significa evidenciar que la gracia de Dios ha ido actuando en las comunidades y en las personas concretas a donde Dios envía al misionero. Ello hará más creíble la acción de Dios en la misión, precisamente porque tales experiencias están alejadas de la aureola de triunfo que a veces adornamos al misionero. Éste, convencido de que Dios actúa en el hoy de la historia de la misión a través de su fragilidad, como decía San Pablo, contará la misión acá subrayando el protagonismo de la comunidad cristiana, relatando los rostros que se ha encontrado y sobretodo compartiendo cómo en estos encuentros se ha manifestado un Dios sorprendente. A esto debe acompañar una experiencia traducida en palabras asequibles al hombre y mujer de nuestro tiempo.
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