LA FIEBRE DEL CEMENTO
Por P. Daniel Cerezo
Del año 2006, que está a punto de cerrar página, hay un tema que me trae de cabeza. Se trata de la "manía de los muros" y la fiebre del cemento que corroe a algunos políticos de la aldea global. Nos empeñamos en dividirnos y separarnos, y todo para manifestarnos diferentes, superiores, o bien porque tenemos miedo de que nos coman, invadan o roben nuestras posesiones. Celebrábamos el 9 de noviembre pasado la caída del muro de Berlín, hace ahora 17 años. Poco hemos aprendido. Los humanos seguimos empeñados en que no hay otra vía para solucionar posibles conflictos que no sea poniendo cemento o alambradas de por medio. Para empezar, en Oriente Medio, el muro construido por Israel en 2002, de ocho metros de altura (el de Berlín tenia tres) y de unos 1.000 kms. que separa Cisjordania de Israel, haciendo éste caso omiso del Tribunal de Justicia Internacional que lo declaraba ilegal. Y la zanja de Gaza para -eso dicen- protegerse de los ataques suicidas de los palestinos.
En el Lejano Oriente, China está construyendo un muro para contener la posible avalancha de refugiados norcoreanos y un aumento de desertores a las provincias limítrofes chinas. Esta construcción de un gran muro de cemento y alambre de púas en partes de su frontera con Corea del Norte tiene como trasfondo más reciente las deterioradas relaciones entre los dos regímenes comunistas, después de las sanciones económicas aplicadas a Corea del Norte por la ONU.
Del Extremo Oriente al norte de África, está la valla de Melilla. Los graves incidentes protagonizados en el mes de septiembre del 2005 por las oleadas de inmigrantes que asaltaban la valla sacaron los colores a España y con ella a toda la comunidad europea. La respuesta española no se hizo esperar: Reforzar la vigilancia de la valla y el anuncio de levantar una tercera de seis metros fue la solución. De trasfondo, la situación de millares de subsaharianos que malviven en zonas de profunda miseria, inseguridad y que desean una vida mejor en naciones más desarrolladas.
Y saltando el charco, asistimos a la aprobación de otro "muro de la vergüenza" por parte de.Estados Unidos, de 1.120 kms. en su frontera con México. A decir verdad, el muro ya estaba construido hace tiempo, al menos en la conciencia social norteamericana con los ataques discriminatorios de distinta índole, ya habían cimentado la construcción del muro que ahora se erigirá de forma inapelable para parar, eso dicen, la inmigración de México a USA. El Vaticano no tardó en tildarlo de "inhumano" y "una violación de los derechos humanos".
Esta panorámica mundial de líneas divisorias, pretendiendo parcelar la aldea global al antojo de los poderosos y ricos contrasta- con el mínimo espíritu cristiano de afrontar los problemas. Se demolió el de Berlín, pero se erigen otros. La excusas son razones de seguridad, económicas y la única vía para parar la "ilegalidad". El muro huele a marginación y aquí tengo que meter el plan de Dios que con su venida a la tierra -sentido de la Navidad- nos brinda un mensaje contrario a todo lo que huele a muro, alambrada o división. Él destruye con su venida el muro divisorio del pecado que le separaba de la humanidad. Pero no pensemos que sólo existen los arriba mencionados. En el ámbito personal también albergamos los nuestros: alambradas, perros, guardaespaldas, verjas y otros inventos protectores. Y las otras verjas discriminatorias: color de la piel, sexo, afiliación política, etc. Todas ellas sientan los cimientos que dan pie a nuestros gobernantes a cometer la aberración de querer resolver los conflictos con paladas de cemento o kilómetros de alambrada. La fiebre del cemento doblega las conciencias de los políticos. En Belén, en cambio, todos parecen tener acceso. ¡Todavía nos queda algo que aprender de la "otra" Navidad!
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