HÁBITOS DE AZAFRÁN
TEÑIDOS DE SANGRE
Por P. Daniel Cerezo
De un tiempo a esta parte, los monjes tibetanos budistas con sus hábitos
azafrán han copado las páginas de rotativos y noticias televisivas. Personas
normalmente sumidas en la meditación y la paz interior, han salido a la calle para
hacer oír su voz desesperada a un mundo que va a contrarreloj y donde pararse
a contemplar es una osadía que pocos pueden permitirse. Uno se pregunta
¿qué razón imperiosa puede espolear a unos monjes pacíficos a salir de sus celdas
y monasterios, donde reina la paz y el silencio interior, y ponerse a gritar,
hacer marchas callejeras e incluso hacer frente a soldados con el fusil en mano,
a costa de arriesgar su vida?
Sucedió hace unos meses en Burma, Bután, Nepal, Myanmar y sobre todo
en Tailandia, país budista por excelencia. Más recientemente han sido los
monjes tibetanos quienes se han unido contra la represión maoísta china en el
Tibet. Sentían la necesidad de hacer presente al mundo su dolor reprimido, como
ya sucediera en 1959, cuando las huestes maoístas arrasaron con monjes,
y posteriormente durante la Revolución cultural, cuando el patrimonio histórico,
cultural y religioso del pueblo tibetano quedó destruido y miles de monjes en
las mazmorras o masacrados.
Las imágenes de estos monjes indefensos gritando ante la sordera mundial
exponían la debilidad de las Naciones Unidas, institución un tanto ineficaz y burocrática
a la hora de solventar conflictos a favor de los más débiles. Es lamentable
también escuchar que un día después de haber borrado a China de la lista de
países con peor récord de respeto por los derechos humanos, por parte de los
Estados Unidos, salte a la palestra la represión china contra los monjes y la población
tibetana. La Unión Europea ha seguido el mismo guión, dando el silencio
por cómplice, o con esporádicos murmullos de pasillo, ante el miedo a que China
cancele cuantiosos contratos comerciales. El mismo Comité Olímpico
Internacional pedía a China que acabara con la situación de violencia en el Tibet
y que ésta no era compatible con los valores de los Juegos Olímpicos. Pero ahí
queda todo.
Los intereses económicos toman la delantera y con su halo seductor marginan
los intereses culturales, religiosos, deportivos o de libertad de cualquier
tipo. Estamos inmersos en un mundo donde “don dinero” tiene la última
palabra y ante el cuál se sacrifican los derechos humanos más básicos con
tal de saciar las insaciables tendencias de los vampiros dictatoriales y económicos
que se perpetúan en el poder a expensas de sangre ajena.
El socio comercial de la dictadura china con los capitalistas europeos hacen
un maridaje cuando menos vergonzoso. La hipocresía, practicada por gobiernos
a diestro y a siniestro, ha salido a la palestra de forma vergonzante. En el fondo
tenemos que admitir que aunque las imágenes de monjes apaleados en
pleno día nos tocan un poco las entrañas, a nuestros gobiernos occidentales,
especialistas en la retórica, la diplomacia y la corruptela, no les afecta un comino.
Doña hipocresía y don dinero se han aliado en beneficio de la brutalidad.
Y así continúan las manifestaciones de protesta por la violencia en el Tibet,
mientras la antorcha olímpica parpadea titubeante, el occidente democrático
sigue haciendo un olímpico ridículo de convidado de piedra, miedoso de tomar
manos en el asunto y callándose ante la opresión y la falta de libertad en un
país donde los dioses del Olimpo se harán presentes, pero eso sí, amordazados
y atenazados por el dios dinero y su cómplice, la diosa hipocresía. ¿Qué espacio
nos queda para pensar que los Juegos Olímpicos traerán una era de cambios
en China?
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