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P. Antonio La Braca
DE LA MARISMAS A LAS CATACUMBAS


Por Giovanni Antonini y P. Francisco Carrera


El misionero comboniano P. Antonio La Braca, tras 35 años de trabajo misionero en África, dejó Sudán Meridional para vivir como eremita en las catacumbas de Roma. Poco antes de partir hacia la Ciudad Eterna, habló con Mundo Negro de su vida en Sudán y sobre el nuevo rumbo que se siente llamado a dar a su vida misionera.

ras nueve años de servicio misionero entre los karimoyón de Uganda, en 1986 el P. Antonio La Braca fue destinado a Sudán Meridional, una zona inmersa en una terrible guerra civil, con los árabes controlando las ciudades y el Ejército de Liberación del Pueblo Sudanés (SPLA, en siglas inglesas), las zonas rurales. “Llegué a Wau –dice el misionero– y me sentí uno más entre los misioneros que se habían reunido allí por razones de seguridad. Me hablaron de una pequeña localidad sin sacerdote, Lokololo, en las afueras de la ciudad. La convertí en mi parroquia”.

Las noticias corren como la pólvora en la sabana. Unos catequistas se acercaron al P. Antonio para pedirle que visitara a los cristianos que atendían, como estaba haciendo en Lokololo. Se convirtió en sacerdote itinerante. En las zonas rurales, la gente establece sus casas en medio de sus campos y lejos de los caminos principales. El misionero comenzó a moverse de un grupo de cabañas a otro, siempre a pie, desde por la mañana hasta por la noche, agradecido por el alimento y el alojamiento que las familias le ofrecían, recibiéndole como una bendición.

SOSPECHAS Y RECELOS

No todo el mundo se sentía feliz con su presencia. Los árabes sospechaban del misionero y el SPLA se mostraba receloso. El P. Antonio ilustra la situación con una anécdota: “Un día –dice– de vuelta a Wau, se me acercó un coche. El conductor insistió en recogerme. Tras un momento de silencio, dijo: ‘¿Ves esa hermosa catedral? Un día se convertirá en una mezquita; y tú estás trabajando para hacerlo posible’. Sorprendido, le contesté: ‘Nosotros, misioneros, estamos aquí para predicar el Evangelio a todos, sin tener en cuenta raza, religión o afiliación política’. Más tarde supe que el conductor de aquel coche era Salva Kiir, uno de los líderes del SPLA, y actual vicepresidente primero de Sudán y presidente de Sudán Meridional”.

En Mboro, la misión en la que el misionero comboniano P. Angelo Arpe había sido asesinado el 1 de noviembre de 1946, una anciana se levantó en la iglesia tras la homilía del P. Antonio y dijo: “Hoy debemos dar gracias a Dios por habernos enviado un misionero. Nosotros matamos al P. Arpe y el Señor nos castigó dejándonos sin sacerdote durante mucho tiempo. Hoy el sacerdote ha vuelto para decirnos que hemos sido perdonados”.

El P. Antonio trabajó como sacerdote itinerante hasta 1995, creando comunidades cristianas, promoviendo la solidaridad, la identidad y el orgullo entre los habitantes de las zonas rurales de Wau. En uno de los encuentros con la gente en presencia del obispo de la diócesis, un anciano impresionó al misionero con un comentario lleno de implicaciones políticas: ‘Nosotros, sureños, somos como aquel puñado de granos de maíz y la gallina. La gallina no se los come inmediatamente. Primero esparce el maíz y luego comienza a picotearlo grano a grano hasta que se lo come todo. Los árabes nos dispersan y dividen, y luego nos comen uno a uno”.

En 1995 el P. La Braca tuvo que volver a Italia, su país de origen, y se pasó todo el año entrando y saliendo en los hospitales. Los médicos le aconsejaron no volver a África si quería vivir más de seis meses. Al cabo de pocos días, partía rumbo a Kenia. En Nairobi, se encontró con Mons. Paride Taban, obispo de la diócesis sudanesa de Torit, que estaba buscando un sacerdote para enviar a la región de los nuer. “Iba a convertirme de nuevo –recuerda el P. Antonio– en sacerdote itinerante, pero esta vez con el Hno. Hans Dieter y la Hna. Giovannina Zucca como compañeros. La localidad de Leer se convirtió en base de nuestras actividades hasta que fue destruida en 1999 y tuvimos que trasladarnos a Old Fangak”.

UNA IGLESIA FUNDADA POR LAICOS

Entre el pueblo nuer, presbiterianos y católicos vivían los unos junto a los otros, pero las relaciones entre ellos eran bastante tensas. La presencia católica era relativamente reciente en la región; había sido iniciada por unos autoproclamados catequistas nuer que, mientras trabajaban en Jartum con el Hno. Michele Sergi, misionero comboniano, habían sido bautizados y contagiados del celo misionero. Cuando volvieron a su tierra, se convirtieron en los evangelizadores de su pueblo y fundaron numerosas comunidades cristianas, caracterizadas por una enorme vitalidad, organización y actitud de autosuficiencia. La preeminencia de líderes laicos era su señal de identidad. El P. Antonio La Braca fue el primer sacerdote con el que esas jóvenes comunidades cristianas se encontraban.

“Los catequistas –dice el misionero– competían entre sí por cuestiones de posición, autoridad y prestigio. Los presbiterianos los acusaban de tratar de “robarles” a sus mejores seguidores. Cuando llegamos, tuvimos que actuar con mucho cuidado, pero nuestra prudencia produjo buenos resultados. Pasado un tiempo, el pastor Peter Rith vino un día a decirle a nuestra comunidad: ‘He sido vuestro enemigo. Estaba equivocado. Os pido perdón. Sois buenas personas. Por favor, continuad predicando el Evangelio’. Ahora, Peter Rith es el moderador de la Iglesia Presbiteriana Nuer. Somos buenos amigos”.

Los nuer son gregarios. Cualquier decisión tiene que ser unánime; de lo contrario, el grupo se divide. Al llegar a un lugar nuevo, los misioneros liderados por el P. Antonio siempre se dirigían a los ancianos para explicarles su sistema de trabajo y su visión de la comunidad cristiana que intentaban crear allí; a continuación, les pedían permiso para hacerse presentes en su zona. “Nuestra propuesta de dar prioridad a la visita a las familias –recuerda el P. La Braca– era aceptada con entusiasmo. Mis compañeros y yo reasumimos nuestra misión itinerante en una región pantanosa del Nilo Azul donde viajar a pie era difícil, pesado y no siempre seguro. Nuestra mayor preocupación, sin embargo, era el desarrollo de las estructuras de la comunidad cristiana”.

Los misioneros tuvieron que trabajar con los catequistas sin disminuir la autoridad y el prestigio de que gozaban. La mejora de la formación de esos líderes laicos se convirtió en la máxima prioridad del P. Antonio y sus compañeros. Seleccionaron a cuatro catequistas, los prepararon y los nombraron supervisores de su región, una parroquia en potencia. En cada zona o grupo de comunidades cristianas establecieron un comité de “jueces”, ancianos sabios investidos de respeto y autoridad a los ojos de la gente. Éstos se convirtieron en consejeros de los misioneros, actuaban para reconciliar a las personas y castigaban a los infractores.

El comité formado por todos los hombres de una comunidad se ocupaba de los temas materiales y económicos; ellos mismos decidían qué proyectos de desarrollo humano debían realizarse y se encargaban de su supervisión. A los jóvenes se les encargaba la organización de las celebraciones, con la preparación de cantos y danzas, absolutamente imprescindibles en cualquier tipo de festejo entre los nuer.

“En los últimos tiempos –dice el P. La Braca– estuve reflexionando sobre la necesidad de crear un grupo de mujeres ancianas, sabias y bondadosas que se ocuparan de la Iglesia y de los agentes pastorales; debía ser algo inspirado en las mujeres que seguían a Jesús y le atendían a él y a sus discípulos. Las he llamado ‘las mujeres de San Lucas’. El grupo está aún en su fase inicial, pero la semilla se ha sembrado”.

ANUNCIO DEL EVANGELIO

Tras muchos años de experiencia, el P. Antonio está convencido de que es necesario cambiar la manera como se lleva a cabo la actividad misionera: “Creo firmemente que el misionero debe ir ‘de safari’ o de visita a una zona concreta y comenzar a contactar con la gente despacio, visitándola en sus casas, haciéndoles saber la verdadera razón de su presencia allí. El misionero debe ir a acampar entre los pobres, y decirles que quiere ser pobre entre los pobres. También debe decirles: ‘He venido para traeros algo que, estoy seguro, os hará felices: el mensaje de Cristo, la visión cristiana de la vida’. Me ha sucedido a mí. Una vez, un hombre importante me dijo a la cara: ‘Estamos haciendo todo lo posible para traer entre nosotros a un sacerdote católico porque, si viene, pronto tendremos escuela y hospital’. Quería dar a entender que yo no era un verdadero sacerdote católico porque no les había llevado esas cosas.

Por supuesto, este tipo de aproximación no es fácil. El misionero sufre al ponerse en una situación de simplicidad y pobreza. A veces, lo miran como si fuera estúpido. La gente empieza a decir: ‘Mira a ese europeo, viaja a pie... ¿Por qué no usa coche? Ha navegado muchas horas en el agua de las marismas del Nilo Azul, ¿por qué no se compra una barca con motor como hacen todos los europeos? Me he dado cuenta de que en tal situación el misionero llega a sentir una cierta vergüenza.

Me sentí obligado a decirle: ‘Mire, es cierto que en el pasado a los misioneros se nos pedía hacer todo eso; pero ahora hay muchas ONGs que se dedican a esas obras; además, los gobiernos reciben ayudas para proyectos de desarrollo; vosotros tenéis ahora la responsabilidad de promover desarrollo humano. ¿Por qué no quieres que nosotros, misioneros, nos dediquemos a nuestra verdadera misión: el anuncio del Evangelio de Jesucristo?’”.

HACIA LAS CATACUMBAS

Para concluir, el P. Antonio La Braca comparte con nosotros lo que ve como su futuro más inmediato: “Ahora soy ya mayor y me siento cansado; es hora de dar paso a misioneros más jóvenes. Mi deseo es pasar al menos un año, si no lo que me queda de vida, como eremita en una de las catacumbas de Roma, en recuerdo y memoria de los antiguos y nuevos cristianos que son perseguidos y sufren por su fe”.

     

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