P. Ángel Olaran: Abba Melaku,
El Ángel de Dios en Wukro
Texto: Luis E. Larra Lomas - Fotos: Marta Carreño
El P. Ángel Olaran, misionero de África,
ha trabajado 21 años en Tanzania y
lleva 15 en Etiopía, donde es conocido como
Abba Melaku, “Padre Ángel de Dios”.
En Wukro, situada en la región de Tigray,
al norte del país, ha convertido una zona
desértica en un vergel y, sobre todo,
ha hecho posible que los niños, las mujeres,
los huérfanos y los ancianos tengan
una vida más digna.
Cuando el P. Ángel Olaran
llegó a Wukro en
1994, en esta pequeña
ciudad del norte de
Etiopía perteneciente
a la región de Tigray
no había más que un
árbol y un cristiano católico; hoy,
15 años después, hay más de 12.000
árboles y, aunque los católicos no
han crecido en la misma proporción
–en un país donde el 80 por ciento de
sus habitantes son ortodoxos y el 20
por ciento musulmanes–, todos reconocen
y valoran el trabajo de la
Iglesia católica con la población más
pobre y marginada.
En gran medida, el desarrollo de
Wukro se debe al P. Ángel, más conocido
como Abba Melaku (en tigrino,
Abba significa “Padre” y Melaku,
“Ángel de Dios”). Hasta entonces,
su vida misionera había transcurrido
en Tanzania, donde pasó 21 años
realizando un trabajo eminentemente
pastoral entre los wanyamwezi de la
provincia de Tabora, en el centro
del país. Cuando estaba haciendo
allí un curso de Islamología, la dirección
de los Misioneros de África
(Padres Blancos) pensó en él para
construir la escuela secundaria que
había pedido el obispo de Adigrat, a
cuya diócesis pertenece Wukro. El P.
Ángel se lo pensó un poco y, finalmente,
aceptó la propuesta.
En su nuevo destino se encontró
con un panorama desolador. Tigray
había sufrido sucesivamente las consecuencias
del sistema medieval y
feudal del emperador Haile Selassie,
los 17 años de guerra –entre 1974 y
1991– de la época de Menghistu Haile
Mariam, que afectó especialmente al
norte del país, cercano a la enemiga
Eritrea, y la desidia política del Gobierno
central hacia las reivindicaciones
nacionalistas norteñas. A estas
desgracias se sumaron el azote de la
sequía y el flagelo de la hambruna, especialmente
en los años ochenta del siglo
pasado, que aumentaron todavía
más el retraso social de la región.
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“En todo Tigray la infraestructura era prácticamente nula –indica el P.
Ángel–. No había más que 100 metros
de asfalto en muchos kilómetros cuadrados.
Wukro estaba unida a Mekelle,
la capital de Tigray, de la que dista
40 kilómetros, por una pista de tierra
sin ningún trozo asfaltado. No había
transporte público y apenas veías
un coche entre las dos ciudades. La industria
y los pequeños servicios eran
prácticamente nulos”.
Pero la situación empezó a cambiar
con la construcción de la escuela secundaria, levantada en una zona
desértica a las afueras de Wukro y
hoy integrada plenamente en la ciudad.
“La escuela –explica el P. Ángel– estaba
orientada hacia el comercio y la
agricultura, de manera que si los jóvenes
no lograban entrar en la universidad
tuvieran por lo menos una salida
laboral. Con vistas a la administración
local, se enseñaba informática
y algo de contabilidad, y de cara a la
agricultura y la ganadería se impartían
nociones para el cultivo de la tierra y
el cuidado de los animales”.
Con el tiempo, la oferta se ha ido
ampliando a la forja del metal, las
clases de carpintería y los trabajos
de cuero. “Ahora tenemos también
electricidad, corte y confección, algo de
arte, como música, pintura y escultura,
y un grupo de circo”, comenta el P. Ángel.
Actualmente, la escuela secundaria
es un centro de formación profesional
y cuenta con unos 450 alumnos,
a los que hay que sumar un centenar centenar
más procedente de estas últimas
actividades complementarias.
Además, varios de los 25 profesores
con que cuenta son antiguos alumnos
de la escuela que acabaron la
educación secundaria y fueron a la
universidad.
La escuela profesional está pensada
para los que tienen pocas posibilidades
y escasos recursos. “La mayoría de los
alumnos son pobres. Se cobra 20 birr al
mes, unos dos dólares, que es un poco
más del sueldo que gana un obrero de la construcción en un día, pero
muchos no pueden pagar los estudios
porque son huérfanos o hijos de viudas.
Por eso, a varios les pagamos la escuela
y a algunos les proporcionamos la comida”,
afirma el P. Ángel.
Salud y alimentación
Además de la formación en la escuela,
el trabajo del P. Ángel se centra en la
promoción de otros colectivos desfavorecidos
de Wukro, desde los niños a
los ancianos, pasando por los huérfanos
y las mujeres. La salud y la alimentación
ocupan una atención especial,
gracias a la buena relación que
el P. Ángel mantiene con el centro de
salud de Wukro y el hospital de Mekelle.
En el centro de salud hay un
programa de atención a 800 niños desnutridos.
“Durante tres meses vienen
cada semana, reciben una papilla, se
les pesa y se les mide y, cuando llegan
al 80 por ciento del peso adecuado,
salen del programa y entran otros niños
que están por debajo de ese peso”.
En el hospital la ayuda se centra sobre
todo en los enfermos de sida y
en los tuberculosos. Para estos últimos
han construido pabellones y les han
proporcionado alguna ambulancia.
Sin embargo, la situación de los enfermos
de sida es más problemática.
“Hay mucho sida, al menos un 20 por ciento de la población entre los 15
y los 50 años está infectada. A pesar de
la concienciación y la educación preventiva
que se está haciendo, el índice
no ha descendido. La gente conoce
la información pero no la han asimilado”,
se lamenta el P. Ángel.
El sida es una de las causas por
la que existen tantos niños huérfanos.
“Hay hijos que se están muriendo
jóvenes por el sida; antes los hijos
se tenían que hacer cargo de los padres,
ahora los abuelos se tienen que hacer cargo de los nietos, porque sus
hijos han muerto. Empezamos apoyando
a cinco niños que se quedaron
huérfanos y ahora son unos 1.300, de
los cuales más de 200 tienen sida”.
No obstante, han optado por no tener
orfanatos y por eso los niños huérfanos
viven en sus propias casas. “Si
son pequeños, les ponemos una mujer que se encarga de ellos; si son mayores,
también una mujer se ocupa de
cinco o seis familias. A estas mujeres
las llaman madres. Intentamos que el
toque humano sea tan fuerte como la
ayuda económica”.
El P. Ángel lamenta no haber encontrado
en Etiopía lo que vivió en
Tanzania, donde existe la llamada
familia extendida, en la que los hermanos
del padre y las hermanas de la
madre son también padres y madres
de los hijos. Por eso, ancianos, viudas,
madres solteras o separadas –muchas
enfermas o en situaciones marginales–
engrosan la lista de más de
200 familias en situación especial a las
que el P. Ángel visita regularmente
y destina las ayudas que recibe. Muchas
de ellas proceden de Manos Unidas,
que lleva colaborando con el P.
Ángel desde 1999.
En Wukro, esta ONG ha financiado
la construcción de la escuela de agricultura
y comercio, cursos de formación
profesional y capacitación de
adultos, bombas de agua de pie para
mujeres agricultoras y un programa integral integral
para huérfanos, además de apoyar
en varias ocasiones emergencias
alimentarias y de ayuda a la infancia.
Microcréditos
Donde el P. Ángel se ha volcado de
modo particular es con las mujeres que
han acabado en la prostitución debido
a la pobreza. “Estas mujeres prostituyen
el cuerpo pero creo que espiritualmente
son vírgenes. Algunas se prostituyen para poder pagar sus estudios
o para sacar a sus hijos adelante,
porque la sociedad las tiene
marginadas”, aclara el P. Ángel.
La ayuda que reciben estas mujeres
es a través de microcréditos. “No es
cuestión de ofrecerlas dinero sino formarlas
para ver cómo gestionar ese dinero.
Cada una elige su trabajo, lo
que ella cree que es capaz de hacer.
Ahora tenemos un grupo de 50 y anteshemos tenido más. Lo que queremos es
formarlas en el espíritu de trabajo en
grupo, aunque hoy por hoy el dinero
no lo gestionen como cooperativa sino
individualmente. Ninguna tiene tierra
y se dedican al pequeño comercio.
El problema está en que ese tipo de comercio
tenga luego un mercado, porque
si todas producen lo mismo y luego no
hay mercado… A veces falta un poco
de imaginación, qué es lo que el mercado
puede necesitar y lo que estas
mujeres pueden ofrecer”.
“Con poco se hace mucho”
La agricultura y la ganadería son la base
de la economía familiar en Wukro.
Más del 85 por ciento de la población se
dedica al cultivo de la tierra. “Trabajan
en minifundios, el promedio no llega a
media hectárea de terreno. Se cultiva cebada,
trigo y teff, un cereal minúsculo
con el que se hace la enyera, la comida
básica etíope. Si se puede comer dos o
tres veces al día, no se pasa hambre. Pero
este año hemos tenido una sequía muy fuerte. En dos meses durante la estación
de lluvia sólo ha llovido cuatro
días en algunas zonas de nuestra región
y no hay hierba para el ganado”.
Quizás por eso en Wukro “las vacas en
lugar de dar leche dan pena”, afirma el
P. Ángel, pues apenas producen un litro
de leche al día de promedio.
Cuando se comenzó a construir la
escuela en una zona semidesértica,
la gente decía que “una de dos, o sois
imbéciles o tenéis mucha fe”. El P.
Ángel se apuntó a lo segundo porque es de los que cree que “con pocas cosas
se puede hacer mucho”. A las
pruebas se remite. Donde antes, en
ocho hectáreas de terreno, sólo había
un árbol, hoy han crecido 12.000,
que, sumados a otros ejemplares, pertenecientes
a 500 especies diferentes,
alcanzan la cifra de 80.000.
Esta opción por la biodiversidad se
ha conseguido con un poco de visión.
Además de evitar problemas sanitarios con la instalación de letrinas, se utilizan
pocos productos químicos y se
recicla la materia orgánica (compost)
y el estiércol de las vacas. “Con muy
poco presupuesto se han podido hacer
muchas cosas”, sentencia orgulloso el P. Ángel. “Si plantamos anualmente
2.000 árboles, tenemos que hacerles
un seguimiento todo un año, incluidos
los diez meses de sequía. Aprecian
que lo que hacemos sale adelante, y
además sirve de ejemplo”, afirma.
Las cosas funcionan en Wukro en
gran parte por la labor de coordinación
y el trabajo en equipo. “Tenemos una
relación muy buena con la administración
local, con el personal médico de la ciudad y los diferentes estamentos”,
reconoce el P. Ángel. Y añade:
“Nos respetan por la seriedad con
la que hacemos los proyectos y con la
humanidad con que, por ejemplo, tratamos
a los huérfanos, a los que se les
proporciona no sólo una ayuda económica
sino un seguimiento”.
Iglesias hermanas
La misión católica de Saint Mary en
Wukro está animada por dos sacerdotes
diocesanos etíopes y tres misioneros de África: un congoleño, un
indio y el P. Ángel. En Tigray hay
cuatro millones de habitantes, de los
que 22.000 son católicos. En Wukro la
población suma 37.000 habitantes y tan
sólo hay 250 católicos, la mayoría de
fuera. “El proselitismo está dejado de
lado como orientación diocesana, no
está favorecido; eso lo tenemos claro,
no vamos a hacer católicos entre la mayoría
ortodoxa”, aclara el P. Ángel.
“Somos Iglesias hermanas, de una
misma familia, dos hermanas con el
mismo Padre. En vez de pegarnos,
quitarnos cosas una a la otra o buscar
un trasvase de miembros, tratamos de
vivir juntos y de ayudarnos mutuamente”,
dice el misionero vasco. Y
con los musulmanes “tampoco hay
problema, el nivel de relación y de
amistad es bueno, pues la conversión
no forma parte del objetivo pastoral, ya
que la evangelización se hace en la
parroquia”.
Al construir el complejo escolar, el
último edificio proyectado fue la parroquia.
“Los musulmanes nos dijeron
que tenía que haber sido el primero.
Nosotros pensamos que el templo
era para la oración, pero también
se puede rezar en otros sitios, y
por eso optamos por levantar primero
la escuela, porque no se puede
enseñar en cualquier lugar, se necesita
una estructura mínima”, aclara el
P. Ángel.
“Vieron que había una lógica –añade–:
el servicio a Dios venía en contacto
con la gente, ayudando a promocionarla
humanamente. No existía
la iglesia como edificio, pero el trabajo
tenía una proyección cristiana. Mientras
se construía la iglesia, el espíritu
de Dios estaba ahí; entretanto, los jóvenes
han ido a la universidad y han
podido tener un trabajo”.
Tanto la gente como la administración
local admiran y valoran el
trabajo de los misioneros. “Damos
una imagen de seriedad, de profesionalidad
y de compromiso con el pueblo.
Aprecian que no damos dinero para
un proyecto sino que somos parte
del mismo, que vivimos allí y que lo
animamos. Aunque lo gestione la administración,
nuestra presencia mantiene
el proyecto no sólo económica sino
humanamente”.
La satisfacción es tan grande que el
P. Ángel ha llegado a la conclusión de
que “la gente de Etiopía es muy acogedora
y cariñosa, alguien que te abre
las puertas, que tiene paciencia para escucharte,
para enseñarte el idioma,
llevarte a su cultura y a su vida, a la
forma que tienen de ver a Dios. Te
encuentras que eres acogido y se da
una relación al compartir tu vida con
esa buena gente. La contraparte es
muy maja, merece la pena. Me admiten,
me han acogido”.
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