Misioneros de Guadalupe en Nairobi
"DEL TEPEYAC A KIBERA"
Por P. Ismael Piñón
Del 12 al 17 de agosto tendrá lugar en Quito (Ecuador) el Tercer Congreso
Americano Misionero (CAM 3). Los Misioneros de Guadalupe son
una sociedad de vida apostólica creada por la Conferencia Episcopal
Mexicana como expresión del carácter misionero de la Iglesia de México.
El P. Raúl Nava, Superior Provincial en Kenia, estuvo en la sede de
Mundo Negro y nos contó el trabajo que hacen en Kibera, el mayor
suburbio de Nairobi, donde estallaron los violentos disturbios tras las
elecciones presidenciales del pasado mes de diciembre.
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Nació en San Pedro de
Buenos Aires, un pequeño pueblo del
Estado de México, a unos 100 kms. del
Distrito Federal. Procede de una familia
campesina, muy numerosa –son
once hermanos–, con una gran experiencia
de fe, como la mayoría de las
familias mexicanas. De pequeño quería
ser sacerdote o médico, porque le
impactaba mucho el sufrimiento de la
gente. Estudió en el seminario menor
de Puebla, pero sintió que lo suyo no
era ser sacerdote diocesano. Entonces
el obispo le sugirió que se hiciese
misionero. “Yo le dije que sí, pero que
no me sentía atraído por la vida religiosa
–confiesa– En aquel tiempo identificaba
la vida religiosa con los frailes,
el hábito y todo eso; y yo no quería eso,
no me imaginaba andar con hábito
toda mi vida. Entonces el obispo me
recomendó los Misioneros de Guadalupe.
Llegué y me aceptaron enseguida.
Todavía no entendía muy bien lo
que era aquello, pero al final me di
cuenta de que era lo que yo buscaba”.
Su primera misión fue Brasil.
Luego lo destinaron a Angola y,
finalmente, aterrizó en Kenia, en el
barrio de Kibera, donde lleva ya
diez años. Iba con la experiencia
eclesial de Brasil, donde había sido
coordinador de la pastoral de la tierra
en el Amazonas. Por eso, al llegar
a Kenia pidió ir a zonas rurales.
Quería trabajar con los masai o los
turkana. Sin embargo, no fue así.
“Kibera no lo escogí –reconoce–,
pero me encantó”.
Los Misioneros de Guadalupe
son una sociedad de vida apostólica
fundada por los obispos de México
para colaborar en las misiones. Es
la expresión oficial de la Iglesia de
México en el terreno de la actividad
misionera. Su principal vocación es
colaborar en la promoción de agentes
de evangelización y de transformación
social (sacerdotes, religiosos
o religiosas, catequistas, coordinadores
de desarrollo, etc.). Se sienten
llamados a trabajar fundamentalmente
con los no cristianos,
puesto que su objetivo es la primera
evangelización.
“En Kibera, concretamente, nos
sentimos retados por el abismo
social, la diversidad de culturas, el
pluralismo religioso –explica el P.
Raúl–. En colaboración con otras
instituciones, tratamos de fortalecer
el liderazgo, facilitar la reconciliación,
promover el diálogo interreligioso,
la inculturación; dando el
protagonismo a la gente y buscando
una formación integral a través de
los diversos ministerios”.
UN BARRIO MULTICULTURAL
Cuando
Kenia obtuvo su independencia, en
1963, había 3.000 personas en el
barrio de Kibera. Los Misioneros de
Guadalupe llegaron al país en 1965
y a Kibera en 1970. Para entonces
ya se hablaba de 20.000 habitantes.
Diez años después, el número había
ascendido a los 80.000 y, en el año
2000, la cifra superaba los 700.000.
Tras las elecciones presidenciales
del año pasado, la situación
empeoró mucho. Según explica el
P. Raúl, “cuando estalló el conflicto
empezaron a agredirse mutuamente,
incluso a muerte, llegando a disputarse
el territorio. El enfrentamiento entre Kibaki y Odinga, y
entre sus respectivos partidos, se
reprodujo en las bases, entre la
gente. En muchas de nuestras
comunidades de base la gente está
mezclada. Se había hecho un gran
esfuerzo por superar las diferencias
étnicas e incentivar a la gente a
que se mezclara, pero este conflicto
hizo que surgiera una desconfianza
en el propio seno de la comunidad
cristiana”.
Los enfrentamientos causaron en
Kibera muchas pérdidas, tanto económicas
como de vidas humanas.
El conflicto vino a reforzar el sentimiento
de pertenencia étnica. El P.
Raúl nos cuenta un caso muy concreto:
“En uno de los extremos del
barrio hay una parte que era parroquia
nuestra pero que se la dimos a
los sacerdotes diocesanos; el párroco
de allí es ahora un kikuyu y ha
tenido muchos problemas con los
luo que viven en ese rincón de Kibera.
Hace muy poco vino a vernos
para pedirnos que le echemos una mano, incluso para que nos hagamos
cargo nuevamente de esa zona,
que ya es una parroquia nueva. En
este momento, la mejor solución es
que haya allí un blanco, ya que él
va a estar en conflicto permanente,
al menos mientras las cosas no se
calmen, porque es la zona más conflictiva
de Kibera”.
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El P. Raúl está convencido de
que, aunque haya pasado el clima
de violencia, algo queda. Lo tienen
ahí guardado. “Me sorprende la
facilidad que tienen para rehacerse
de manera tan rápida –afirma–. Así
como explota la bomba por un mínimo
detalle, es capaz de ponerse
de nuevo en marcha con muchísima
facilidad. Notas que la desconfianza
sigue”.
Kibera siempre ha vivido en un
clima de violencia. Este conflicto ha
venido a agravar una situación que
no es nueva. Quien más sufrió fue
aquel que tenía algún negocio, ya
que se ha quedado sin nada y eso lo
ha empobrecido mucho. Hay gente
que lo ha perdido absolutamente
todo. Muchos han pasado de un
nivel de pobreza a uno de miseria.
“Ahora que ha llegado la paz –afirma
el P. Raúl–, la gente como que se
despierta de un sueño y empieza a
darse realmente cuenta de los efectos
devastadores que el conflicto ha
tenido. Se va viendo la dificultad de
resolver la situación. Para la Iglesia
y para nosotros es un reto. Allí la
vida es muy sencilla, por la estructura
de las viviendas; pero también
es muy complicado por la gran
diversidad cultural y el pluralismo
religioso que hay. Nunca había tenido
la experiencia de estar en un
mundo tan diverso y con tanta pluralidad
de gentes, culturas y religiones.
Estamos tratando de rehabilitar las familias más necesitadas. No
veo que tengan muchas esperanzas,
porque también hay mucha corrupción;
muchas veces las ayudas se
quedan por el camino. En Kibera se
habla hoy de 700.000 personas y
700 ONGs”.
Actualmente hay un proyecto de
construcción de carreteras que dividiría
Kibera. Según nos cuenta el P.
Raúl, desde hace algunos años se
está presionando a la gente a base
de excavadoras con la intención de
expulsarla. “Se quiere echar al
pobre fuera de la ciudad, porque las
grandes empresas piden que las
ciudades de África puedan tener
seguridad para poder invertir. Hay
una tendencia muy fuerte para ir
empujando a estas gentes cada vez
más fuera de las zonas urbanas y
eliminar los barrios de chabolas.
Otro gran problema viene originado
por la tierra y por las grandes distancias que la gente tiene que recorrer
para ir al trabajo. “Tierra hay,
pero no hay una reforma o una
legislación que garantice una distribución
justa para todos. No es fácil
sacar a la gente de Kibera”. Mientras
nos enseña un plano de Nairobi
en el que se ve claramente el barrio,
el P. Raúl nos explica las grandes
diferencias que hay entre unos y
otros, un gran abismo social.
TRABAJAR CON LA GENTE
El equipo
pastoral de la Parroquia Nuestra
Señora de Guadalupe de Kibera está
compuesto por hombres y mujeres
de diversas etnias y nacionalidades.
El P. Raúl llegó a una realidad en la
que tenía que jugar un papel completamente
diferente al que jugaba
en Brasil. “El trabajo que hice en mi
parroquia de Brasil –afirma– me
ayudó muchísimo. Aprendí a delegar
en los demás, porque yo no
podía hacerlo todo. Fue ahí donde
aprendí a ser sacerdote. Esa experiencia
duró nueve años. Ahora llego
a Kenia y me encuentro con una
experiencia bien diferente. Un
suburbio que lo atravieso en media
hora. En Brasil tenía 20.000 cristianos
en 180 kilómetros a lo largo del
río, y aquí tengo ahora 700.000 en
un pedacito; me encuentro con que
tengo que ser el director de la Primaria,
llevar adelante proyectos de
carpintería, albañilería, construcción…
A un cierto momento me
sentía como un gerente. En Brasil
trabajaba mucho apoyando a los
sindicatos de los trabajadores, y ahora me encuentro jugando el
papel de patrón”.
Muy pronto descubrió una herramienta
maravillosa: el teatro.
“Cuando hay una escenificación de
lo que sea, la gente acuda masivamente.
Una vez unos jóvenes empezaron
a hacer una escenificación de
la parábola del buen samaritano. En
cuanto se enteraron que había el teatro,
empezaron a venir de todas partes.
Entonces me di cuenta de que
era por ahí por donde mejor podía
empezar. Siempre he apostado
mucho por eso. Mandé hacer varios
recintos para teatro y para deportes.
La única cancha deportiva de todo
Kibera es la que tenemos en la
misión. Vienen hasta musulmanes”.
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A través de una consulta popular,
preguntaron a la gente por qué
estaba en Kibera, que quería, qué
esperaba y qué necesitaban como
cristianos. La consulta permitió
descubrir muchas cosas. “Me gustó
mucho –confiesa el P. Raúl–, porque
a un cierto momento daba la
impresión de que la gente pedía
cebollas y tú les estabas dando
tomates; no se respondía realmente
a las necesidades de la gente. Cuando
hablaron, hice un gran esfuerzo
por escuchar atentamente lo que me
pedían. Esa encuesta nos permitió
adquirir una valiosa información
sobre la realidad y lo que estaba
pasando. A partir de ahí comenzamos
a hacer algunos cambios y
reestructurar la parroquia. Lo primero
que hice fue empezar a involucrar
a los propios africanos, dándoles
incluso la llave de la parroquia.
Primero porque no tenía suficiente
gente para realizar todo el trabajo.
Eso hizo que la gente se fuera apropiando,
por decirlo de alguna manera,
del proyecto y de la parroquia”.
Otro reto al que se tuvo que
enfrentar este misionero fue formar
a gente para trabajar en el barrio. Se
preguntaba cómo dar a conocer el
catecismo o la Biblia a un mundo
tan diversificado. “Cincuenta tribus
reunidas y tú usando materiales de
Tanzania –reconoce el P. Raúl–.
Empezamos a formar catequistas en
diversos temas; algunos en educación
cívica, en Biblia, agentes de
salud. Dimos mucha importancia a la enseñanza de la Biblia desde un
punto de vista contextualizado, es
decir, la Biblia en la realidad concreta
que vive la gente. Es algo que
ya había trabajado mucho en Brasil.
Eso nos ayudó mucho, porque gente
sencilla o incluso analfabeta comprendían
enseguida y podían, a su
vez, enseñar la Biblia a los demás”.
Iniciaron también un método de
acercamiento integral. “Cuando
venía una mujer con sus hijos a
pedir harina, no sólo le dábamos la
harina, sino que hablábamos con
ella, le preguntábamos por sus
hijos, por la educación, por su situación
concreta, si iba al centro de
salud… También promovimos la
autosuficiencia, ayudando a la gente
a descubrir sus fortalezas, cualidades
y potencialidades”.
Pero el mayor reto fue el convivir
con la gente, creer en ella, apostar
por ella; como decía el teólogo Gustavo
Gutiérrez: creer en los pobres,
ser conscientes que son ellos los
protagonistas de la historia. “A
veces es difícil aceptar eso –reconoce
el P. Raúl–, porque el pobre generalmente
está muy debilitado, pero
tiene un gran deseo de salir adelante.
Yo he visto muchos pobres que
pasaban todo el día trabajando,
necesitaban más de una hora para
ir de Kibera a su lugar de trabajo; y
por la noche, antes de regresar a sus
casas pasaban a la parroquia para
asistir a la reunión, y esto casi a
diario; bien interesados por hablar
de su vida, de su historia. Te abren
el corazón; te dicen cuánto ganan,
cuánto cuesta un plato de comida,
el agua, los tomates”.
RECONSTRUCCIÓN
De cara al futuro,
el P. Raúl es consciente de que
hay todavía muchas heridas que
deben ser curadas. “Nunca me gustó
la expresión de 'aliviar la pobreza'.
Cuando llegué a Kibera vi que lo
que hay que hacer es exterminarla.
No es fácil, llega un momento en
que eres realista. Ahora aspiro a
que la gente pueda recuperar por lo
menos las mismas condiciones que
tenían antes de que estallara el conflicto.
Con el tiempo te vas haciendo
más realista y vas más a lo concreto.
Soy el primero que está contra el
dar y el crear dependencia. Pero
ahora que los conozco, porque llevo
muchos años con ellos, ya no puedo
decir no. La gente no te pide, pero te
sientes obligado a ayudarles, porque
conoces de cerca su situación.
Yo no puedo permanecer indiferente,
tengo que dar una respuesta. Por
otra parte eso es bonito y te ayuda, porque te permite hablar con ellos
con total sinceridad y saber cómo
enfocar mejor la ayuda que das y
planificar con ellos cómo poner en
práctica esa ayuda; darles condiciones
de vida; ayudarles a recomenzar.
No solamente ponerle la comida
encima de la mesa, sino preguntarse
con ella por qué en su mesa no
hay comida, ver sus fortalezas, sus
cualidades. No hay nadie inútil,
nadie que se deje morir solo. Para
mí es una posibilidad de ser más
comunidad. Creo que debemos
reforzar más ese sentido de comunidad,
de vivir juntos, en lugar de tender
tanto hacia la propia etnia”.
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Están pensando crear un centro de diálogo cultural con la esperanza
de que se pueda reconstruir la
armonía que había antes del conflicto.
“Ahora se pueden dar cuenta
del mucho daño que se han hecho
–afirma esperanzado el P. Raúl–, y
eso puede ayudar en esta reconstrucción.
No fue gente que vino de
fuera la que atacó, robó y mató. Fue
entre ellos mismos, es gente que se
conoce, que se sabe dónde vive. Por
eso es peligroso y delicado, porque
las heridas están ahí. No sé cómo
vamos a hacer el proceso de reconciliación,
pero es necesario hacerlo.
Una cosa que puede ayudar es que
ninguno es de Kibera; es decir,
todos están de paso, estamos en tierra
de nadie, y puede que eso facilite
las cosas, estamos conviviendo
en una tierra que no es nuestra”.
Uno de los comités que se crearon
en la parroquia fue el de reconstrucción,
otro el de espiritualidad,
ya que los valores del cristianismo
no han penetrado suficientemente.
Otro comité se llama “el valor de la
vida”. Surgió de ellos mismos a
causa de lo duro que fue el golpe de
matarse mutuamente. Según el P.
Raúl, fue tanto el maltrato, el no
reconocer al otro como ser humano,
que sintieron la necesidad de reflexionar
y ver qué dice la Biblia, qué
dice la Iglesia sobre la vida.
En cualquier caso, el P. Raúl se
muestra optimista y lleno de esperanza.
“De 14 millones de votantes
–concluye–, casi diez son jóvenes.
Eso supone una gran esperanza
para Kenia”.
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