Misioneras Combonianas
"MINISTRAS DE LA SALUD"
Por P. José Caramazza
La guerra en Mozambique
terminó hace
más de 15 años, pero
quien visita el país
tiene la impresión de
que muchas de las
estructuras permanecen
en el estado calamitoso
de entonces. Después de la
independencia, el Gobierno de
Samora Machel expropió gran parte
de los edificios de la Iglesia. Uno de
éstos, el seminario de Marrere, a 4
kilómetros de Nampula, fue transformado
en hospital. La capilla de
entonces es hoy un conjunto de
camas para decenas de pacientes; el
altar, sin embargo, quedó intacto.
L
Es aquí donde encuentro a la
Hna. María Pedron, una comboniana
que trabaja en Mozambique
desde hace 30 años. Me dice: “Cuido
de los enfermos de sida. Cuando
llegan al hospital, los recibo, los
escucho y procuro acomodarlos.
Después les indico dónde deben ir
para hacerse la prueba. Si está
prescrito algún tratamiento antiretroviral,
les explico cómo se debe
tomar. Después de este primer
contacto, los visito en sus casas,
donde hablo con las familias: tienen
todos necesidad de un apoyo
moral. Considero mi trabajo como
un verdadero ministerio, un servicio
de amor a quien sufre”.
Como en otras partes de África,
también en Mozambique el sida
representa un serio desafío para la
Iglesia y toda la sociedad. De los
casi 21 millones de habitantes,
más de 3,5 han contraído el virus
del VIH o son enfermos de sida. La
tasa de incidencia de la enfermedad
es de 16,1 por ciento, aunque
en algunas zonas rebasa el 20 por
ciento. Cerca de la mitad de los
internados en los hospitales son
seropositivos.
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La Hna. Pedron continúa: “Los
enfermos de sida son tratados y
cuidados como cualquier otro
paciente. El problema está en las
familias, que tienden aún a esconder
a los enfermos y no quieren
reconocer el virus como causa de
contagio. Los seropositivos reciben
cuidados médicos gratuitos, peros
los resultados son desalentadores:
la incidencia de la enfermedad no
cesa de aumentar. Muchos centros
de salud no tienen equipos para la
prueba ni los fármacos, y la población
tiende a ignorar las campañas
de sensibilización. Serían necesarios
mayores esfuerzos para concienciar
a las personas de los peligros
ligados a un estilo de vida promiscuo,
como el que se da en las
ciudades. Entre los jóvenes ya se
han establecido comportamientos
éticos que los exponen al contagio.
Muchas chicas, para pagar los
estudios o incluso para comprar
bienes de consumo no totalmente
necesarios, recurren a la prostitución
ocasional. Está también arraigada
en muchos una actitud fatalista
que los lleva a decir: ‘Si estoy
enfermo es porque las cosas tienen
que ser así’”.
La Hna. María organiza encuentros
regulares con jóvenes, en particular
con madres adolescentes:
“Tienen que saber el riesgo que
corren. Las invito a hacerse la
prueba. Es mejor que conozcan su
situación para saber cómo se
deben comportar: si no son seropositivas,
que procuren no infectarse;
si lo son, que eviten difundir la
enfermedad”.
FORMACIÓN
En Alua, al norte de
Nampula, dos combonianas administran
el hospital público local,
mientras una tercera promueve
remedios naturales. La Hna. Elisabetta
Raule, originaria de Bolonia,
trabaja aquí desde su llegada al
país. Comienza el trabajo al amanecer,
cuando los enfermos empiezan
a llegar. “Me toca a mí examinarlos
a todos, aunque durante
poco tiempo, para averiguar la gravedad
o no de cada caso. La prioridad
está en las embarazadas:
muchas veces se dirigen a nosotras
ya muy tarde, después de haber
intentado otros mil caminos; los
casos de muerte por complicaciones
en el parto son numerosos”.
El personal es escaso: “Nos vimos obligadas a fijar determinados
días para derterminados exámenes
clínicos. La gente sabe eso y
ha aprendido a adaptarse. Pudimos
así optimizar el trabajo de
nuestros enfermeros y reducir los
tiempos muertos. Encontramos
también tiempo para ofrecer a todo
el personal cursos de perfeccionamiento.
Tengo eficientes enfermeros
conmigo, muy responsables:
sólo me llaman cuando mi presencia
es realmente necesaria”.
Realmente, en las pocas horas
que paso con ella en el hospital, a
la Hna. Elisabetta la llaman varias
veces para visitar a alguien o para
pedir una opinión sobre un caso
difícil. “Ten paciencia”, me dice,
sonriendo.
SERVIR
Después de la última llamada
de urgencia, podemos sentarnos
finalmente en su despacho:
¿Cómo consigues conciliar ser
misionera con tu profesión médica?,
le pregunto. Y ella responde:
“Soy feliz por estar aquí. Con este
servicio a la gente de Alua se realiza
un sueño que alimenté desde los
primeros años de universidad:
esperaba poder usar mi conocimiento
para ayudar a los pobres.
Descubrí la vocación misionera
después de la licenciatura, cuando
comprendí que sólo así podía
poner todas mis energías y capacidades
al servicio de los últimos”.
Me habla de Mozambique: “La
gente está aún sufriendo las consecuencias
de una terrible guerra fratricida
que destruyó el país. Y no
me refiero sólo a las infraestructuras.
Quedó en muchos la tendencia
a preocuparse sólo por sus intereses:
es difícil que un funcionario
estatal sienta deseos de servir a la
gente. El personal especializado
escasea. Los pocos cualificados no
parecen sentir necesidad de mejorar
sus conocimientos para volverse
más aptos y más capaces”.
Y continúa: “Hay un trabajo de
formación que hacer con la gente
sencilla. Muchos aún no creen en
la medicina occidental, incluso en
los casos en que la tradicional se
muestra ineficaz. Aquí entra en
juego el hecho de ser una misionera
médico: si consigo inculcar en el
personal que trabaja bajo mi dirección algún entusiasmo por aquello
que está haciendo y el deseo de
perfeccionarse para responder más
adecuadamente a las necesidades
de la gente, conseguir ayudar a las
familias, a las comunidades, a los
grupos a comprender la importancia
y el valor de tratar a un enfermo
con todos los cuidados posibles
hoy, entonces podré decir que he
contribuido a un cambio de mentalidad,
que tendrá efectos positivos
sobre toda la sociedad”.
FITOTERAPIA
Al frente del hospital
de Alua está la Hna. María da
Cruz Creny, brasileña, enfermera
profesional. Además de administrar
el hospital es jefa de personal. “Vivo constantemente junto a los
enfermeros, procurando que traten
a los enfermos como verdaderos
señores. Muchos enfermos llegan
aquí con el miedo metido en los
ojos: son pobres, se sienten inseguros,
no comprenden lo que se les
hace… Se sienten mal de cuerpo y
alma. Y entonces pretendo que
quien los trata no se limite a administrar
medicamentos o a vendar
heridas, sino que se ocupe de toda
la persona, se interese por su estado
de ánimo, la tranquilice, la haga
sentirse el centro de las atenciones”.
Y añade: “Dejé mi país para
venir aquí a servir a los pobres y
enfermos mozambiqueños, y mi
deseo es que todos vean en mí una
32 MUNDO NEGRO JUNIO 2008
señal, un reflejo del cuidado que
Jesús tenía con los enfermos”.
La Hna. María da Cruz me hace
una señal para acompañarla. Me
lleva junto a un grupo de mujeres
que están pulverizando algo que
me parece arcilla. Más adelante
otras mujeres seleccionan flores y
hierbas, que después ponen sobre
una plancha al sol para secarlas.
Este es el mundo de la Hna. María
de Jesús Tomé, una portuguesa de
pura cepa, un mito en esta región,
donde pasó buena parte de su vida.
La conversación con la Hna.
María de Jesús es cautivadora.
“Mientras mis dos compañeras
trabajan en el hospital, yo mantengo
contactos con el exterior. Pero
soy también, a mi modo, una
‘ministra de salud’ en las pequeñas
comunidades cristianas de las
parroquias vecinas. En cada una
de ellas he formado un grupo de
personas con la ‘misión’ de visitar
a los enfermos en las familias,
prestándoles toda la ayuda posible.
Si encuentran un enfermo grave,
organizan el envío al hospital. Pero
las distancias son enormes y los
transportes escasean. Por eso los
he formado para que sepan reconocer
y curar las dolencias más
comunes”.
“Se han convertido en excelentes
herboristas: preparan óptimos
ungüentos para algunas enfermedades
de la piel, para las heridas
menos graves y para la sarna;
saben hacer jarabes para la tos,
tisanas para los dolores menstruales
e infusiones para los reumatismos.
Remedios simples, sí, pero
muy útiles, sobre todo para los
muchos que no se pueden permitir
ir al hospital”.
Me lleva a visitar su ‘fábrica de
remedios tradicionales’. remedios tradicionales’. “Los distribuimos
a aquellos que los prefieren
a los medicamentos occidentales.
Pero atención: quién me pide
un producto “natural” debe ser primero
visto por la Hna. Elisabetta o
por una enfermera y venir después
aquí con la receta”.
La Hna. María de Jesús se anticipa
a mi pregunta: “Tal vez te
estés preguntando si funciona. Te
garantizo que sí. En toda la región
no hay un solo centro de investigación
científica en el campo de la
fitoterapia. Entonces me puse yo,
con mis mujeres, a hacerlo: conversamos
durante mucho tiempo con
los curanderos tradicionales, que
tienen un conocimiento médico
envidiable”.
SONRISAS Y CARICIAS
Su interés
por la medicina tradicional no es
nuevo. “En el lejano 1991 –me
cuenta– trabajaba con Alfredo Fiorini,
el Hermano comboniano asesinado
por los guerrilleros de la
RENAMO (Resistencia Nacional
de Mozambique) en agosto de
1992. La guerra entonces llegaba
al final, pero la situación era difícil.
No había nada. Los medicamentos
escaseaban; muchas veces
no había ninguno. Fue entonces
cuando Alfredo me estimuló para
explorar el mundo de la medicina
tradicional”.
“Me repetía –añade la Hna.
María de Jesús– que los principios
activos y los ingredientes de
muchos medicamentos occidentales
se cogen de la naturaleza.
Cuando la guerra terminó, fui a
Brasil para realizar un curso de
herboristería. Fue allí donde
aprendí, entre otras cosas, a preparar
un compuesto de harinas para
niños desnutridos. Y ahora heme
aquí para traducir en la práctica el
mandato de Jesús: “Id por todo el
mundo, predicad el Evangelio y
curad a los enfermos”.
Es el mejor modo de anunciar el
mensaje de la salvación: una salvación
que toca a toda la persona,
cuerpo y alma. Evangelio, hierbas,
sonrisas y caricias: un espléndido
modo de llenar la vida.
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