Amable Runyange
LA VIDA ES PARA DARLA
Por Conchín Fernández
El sacerdote ruandés Amable Runyange trabaja como
párroco en Loukolela, al norte de la República Democrática
de Congo. Superviviente hutu de los crímenes
cometidos en Ruanda tras el genocidio de
1994, Amable acabó la carrera de Teología en España,
gracias una beca de estudios. Su testimonio nos recuerda
que las vocaciones nativas, cuya jornada celebramos
el pasado 27 de abril, son responsabilidad de todos.
Amable Runyange tiene 37 años y es
el párroco de Loukolela, una región
al norte de la República Democrática
de Congo que tiene un radio de
300 kilómetros, con más de 24 pueblos
a los que tiene que atender. En
total, 40.000 personas. Hace diez
años que no ha vuelto a Ruanda y
durante este tiempo no ha visto a
sus padres ni a seis de sus ocho
hermanos, algunos muertos en la
guerra, otros perdidos en la selva.
Su familia son ahora las miles
de personas que conforman su
parroquia y a los que dedica su
vida. Ha solicitado más de 19 proyectos,
con los que se podría dar
un impulso a la región, entre ellos
una escuela infantil, un ambulatorio
y un sistema de paneles solares
para disponer de electricidad.
También le gustaría mejorar la
iglesia, un edificio al que le falta de
todo, incluso el techo. No hay
micrófono, la campana es la antigua
rueda de un camión y a la imagen
de la Virgen le falta un ojo. “Se
nota que la Iglesia africana es muy
pobre”, dice Amable. “Pero somos
trabajadores –añade– y saldremos
adelante. Con pocos medios, pero
saldremos adelante.
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PRIMERA SESIÓN DE CINE
Está roto de cansancio, pero aguanta en su taburete, rodeado de miles de personas. Todos visten con andrajos, las rodillas sucias, los
niños llenos de polvo. Hay enfermos,
también refugiados que se
han acercado hasta el jardín de la
parroquia. Todos miran a la pared,
apiñados, sin pestañear, y Amable
sonríe bajo las estrellas. Sabe que
en pocos minutos va ocurrir un
hito en la historia de este pueblo.
Sabe que esta noche quedará tatuada
en la mente de todos los vecinos
de Loukolela, la primera vez en la
historia que en este rincón del planeta
–donde no hay agua, luz, electricidad,
ni siquiera llega el correo–
va a comenzar, sin embargo, la primera
sesión de cine. “Era necesario
traer el proyector. Lo compré
en España, y con él vamos a enseñar
higiene, educación sexual,
cocina... Muchas cosas”.
Amable habla rodeado de
cables, mezcla el verde con el rojo,
une el amarillo, retuerce el azul
y... consigue que una voz nítida y
potente salga de un viejo cacharro.
“Ya tenemos altavoz”, dice. Y la
gente aplaude alborozada, mientras
pasan las imágenes delante de
sus retinas. Allí está, en grande,
proyectada la figura de Mamá
Poline arreglando las pajas de su
choza; allí Janvier recogiendo agua
del pozo, allí centenares de niños
metidos en un barracón que resulta
ser la escuela infantil, allí el
hospital con sus cucarachas correteando
por las paredes, allí los
enfermos de diarrea, allí los muertos
lanzados desde una piragua al
río, allí unos pequeños que acaban
de quedarse huérfanos, allí Loukolela,
un pueblo olvidado del resto
del mundo.
Dos horas más tarde, el generador
deja de rugir y acaba la sesión.
La gente regresa a sus chozas,
acompañada de una nube de mosquitos
henchidos de malaria que
no cesan de zumbar. La oscuridad
es absoluta, pero las estrellas
guían a los congoleños, que se
marchan en silencio, pensativos,
rumiando las imágenes que acaban
de ver, todavía consternados
al tomar conciencia de que ese
horror filmado no es otra cosa que
su propia vida.
Amable se queda solo, en su
parroquia. Es un hombre convencido
de que puede sacar a esas personas
que se acaban de marchar de
la cuneta del subdesarrollo, un
refugiado ruandés que trabaja sin
descanso para mejorar la vida de
los más desgraciados de la tierra,
un hombre valiente e inclasificable,
siempre atento a las necesidades
de los más pobres. “Los políticos y
las multinacionales nos ignoran
completamente. Incluso los medios
de comunicación optan por sus
propios intereses en lugar de buscar
la verdad y el bienestar de los
pueblos”, dice.
LA IGLESIA AYUDA
Reconoce que al menos la Iglesia
manda ayuda, pero siempre es
poca. “Desearía que la Iglesia
europea viniera a África y experimentara
la miseria que tenemos.
Los obispos de Europa deberían
visitarnos para enterarse de cómo
vivimos, y desde ahí comprenderían
más la importancia de la
solidaridad. No digo que no lo
hagan, pero queda como una gota
en el mar. Se nota que la Iglesia de
África es pobre respecto a la de
Europa. Pero no perdemos la ilusión.
Somos gente trabajadora, y
queremos trabajar. No nos gusta
esta política de manos tendidas, pero necesitamos un punto de
apoyo para levantar la cabeza”.
Amable lamenta que la Iglesia
camine a dos velocidades: “Sabemos
que la Iglesia es una y universal,
pero a los sacerdotes africanos
nos cuesta convencer a nuestros
fieles de este dogma, pues observan
que hay una Iglesia extremadamente
rica y otra Iglesia extremadamente
pobre. Sabemos que no
se pueden solucionar todos los problemas
ni llegar a todos los sitios,
pero aquí la miseria es tan grande
que necesitamos más ayuda”.
En su opinión, la Iglesia africana
es tan pobre que apenas tiene medios. Y pone como ejemplo su
propia parroquia: “Ni siquiera tiene
techo, faltan sillas, no hay
micrófono, ni una campana. Esto
no es una iglesia digna. Y cuando
uno tiene que construir una capilla
en alguna comunidad siempre hay
dificultades”.
UNA VIDA DIFÍCIL
Cada día, Amable se levanta a las
cinco de la mañana. Su cama son
cuatro maderas y una espuma
sucia y roída. En el techo se ha instalado
una colonia de murciélagos
que revolotean por la noche. El
baño es un agujero en el suelo; y
como espejo, un trozo de cristal.
No hay agua. Amable tiene que ir
hasta el pozo, llenar un par de
cubos y traerlos de nuevo para
poder ducharse. Desayuna rápidamente:
un poco de mandioca y un
vaso de té en el que se han ahogado
unas hormigas.
“Mi vida en el pueblo es siempre
difícil. Soy el cura de la parroquia
más grande de la diócesis. Tengo
que atender a 24 comunidades; me
cuesta, porque están muy lejos, y
no tengo medios para viajar. Tengo
una piragua con un motor fueraborda
que amigos españoles me
han comprado, pero resulta pequeña.
Tiene 15 caballos y anda como
una tortuga. No tengo facilidad
para moverme rápidamente”.
Después de la Misa diaria, Amable
atiende a cientos de personas
que se acercan a la casa parroquial
a pedirle ayuda, pero él sólo puede
darles palabras de esperanza.
“Esta región está al borde de la
miseria. Hay dificultades, pobreza...
hay muchos chicos que no
saben ni leer ni escribir. No han
frecuentado la escuela por falta de
medios. Aquí la escuela está fatal y
no hay estructuras educativas. Eso
me da mucha pena, porque el futuro
del país está en la silla de la
escuela”.
Sin embargo, la escuela pública
no funciona, porque los profesores no cobran sufientemente. “Por
ejemplo, si hay clase a las siete, el
profesor llega a las once, y los chicos
ya se han marchado. Donde se
alojan los chicos no hay agua, ni
luz, ni nada; es una pena. Es difícil
estudiar en esas condiciones”.
La escuela parroquial es un
barracón que Amable ha levantado
con sus propias manos, un local en
el que se hacinan más de cien
niños entre dos y cinco años. El
profesor se llama Protogene, un
refugiado ruandés que trabaja de
forma voluntaria. Los niños sólo
aprenden canciones, porque no
hay cuadernos, ni bolígrafos, ni
libros, sólo unas pizarritas destartaladas
que Amable compró hace
unos años y que comparten los
pequeños. En un futuro le gustaría
levantar un colegio infantil. Hasta
28 MUNDO NEGRO MAYO 2008
ahora no ha habido suerte, pero
Amable no pierde la ilusion de
“seguir trabajando por esta gente
humillada por la pobreza”.
ALEGRES EN LAS DIFICULTADES
Amable define a los suyos como
“gente sencilla, humilde. Alegres,
incluso en medio de dificultades. Y
también es gente que tiene ganas de
trabajar, pero es difícil hacerlo sin
medios. Necesitamos semillas,
redes, tractores y, sobre todo, necesitamos
técnicos, por ejemplo agrónomos,
que nos enseñen a mejorar
la calidad de la tierra. Aquí no se
produce nada, porque no hay
material y, sin embargo, el campo
es enorme”.
Es verdad. Loukolela es una
región abrazada por una de las selvas
tropicales más inmensas del
mundo, kilómetros y kilómetros de
tierra que podrían ser cultivados,
una mancha verde en la que se
alzan árboles como columnas de
madera, y en la que viven cocodrilos,
hipopótamos, y la flor y nata
de los gorilas.
“Hace falta que los políticos se
sientan responsables para conocer
los problemas del pueblo. Que no
haya corrupciones, ni desvíos en la
ayuda. El Fondo Monetario Internacional
envía dinero, pero ese
dinero regresa a Europa para comprar
casas bonitas. Y eso es una
pena. A mí me gustaría que ese
dinero se dirigiese a gente que está
deseando trabajar honestamente,
que no pase por los políticos que
llenan sus bolsillos para comprar
mansiones en todas las partes del
mundo, porque el pueblo se queda
sin nada. No hay carreteras para
facilitar el transporte de cosas, no
hay barcos, el río no se cuida… No
se interesan por nada. Pero necesitamos
esa ayuda grande, porque la
gota siempre nos llega”.
Amable no puede creer cómo
puede faltar agua mientras viven
junto al río más caudaloso del
mundo. “Es agua mala, muy sucia,
por eso tenemos siempre enfermos
de diarrea. Hay un pozo, pero esa
agua sólo sirve para ducharse, y
además se seca. Lo pasamos fatal”.
Mucha gente muere de diarrea,
sobre todo los niños. “Beben agua
mala, enferman y enseguida mueren.
Bastaría con conseguir una motobomba para sacar el agua del
río, tratarla y después distribuirla
por el pueblo. Pero se necesitan
medios. Dinero. Siempre dinero
para hacer los proyectos”.
NI AGUA, NI LUZ
No hay agua, y tampoco luz. A
partir de las cuatro de la tarde la
noche cae sobre Loukolela y un
manto de estrellas se extiende
sobre el cielo. Las luciérnagas saltan
a cada paso y dejan entrever
enormes baobabs con sus ramas
alargadas como brazos extendidos.
Sus raíces son tan altas que parece
que van a echar a andar. Es como
si estuviéramos en un cuento de
hadas con su concierto de ranas al
fondo, y las risas de los niños
como alegre acompañamiento. En
este pueblo hay cientos, miles de
niños. La mala noticia es que
muchos de ellos morirán antes de
los cinco años, algunos de una gastroenteritis,
otros de una simple
gripe. No hay hospital. Ni medicinas.
Sólo una desesperante penuria
que hace que triunfen las enfermedades
más fáciles de vencer.
“Es increíble ver a esta cantidad
de niños que mueren por hambre,
por enfermedades, por falta de
medicinas, y que a nadie le importan”,
dice Amable. “Sin embargo,
cuando muere un gorila todo el
mundo se levanta, incluso los
medios de comunicación lo publican.
Todo el mundo está impactado
por la muerte de un gorila. Pero
cantidad de niños mueren de hambre,
de enfermedades, y nadie lo
comenta, ni siquiera se le hace
caso. Sin embargo, los africanos
también tenemos derecho a la
vida”.
Y mira al hospital, un barracón
destartalado de paredes verdes con
cinco camas, techo roto y ventanas
sin cristales. Hay que andar esquivando
a las cucarachas, y a los
murciélagos que revolotean entre
los enfermos. Huele a muerte, a
dolor, a sufrimiento, huele a pobreza,
a desesperación, a injusticia.
Huele muy mal en esta catedral de
la naturaleza, donde los seres
humanos, sin duda, son los animales
más desgraciados.
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