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Juan Sánchez Arenas. Misionero Comboniano





La llamada desde el vacío

Por Juan Sánchez Arenas



El tiempo de Cuaresma que iniciamos este mes es un momento oportuno para atravesar el desierto existencial y dar sentido a la vida desde Jesús de Nazaret. Lanzarse al vacío y confiar en Dios forma parte de la misión. El P. Enrique Bayo, misionero comboniano, comparte su proceso vocacional y su trabajo en la misión.


El mes de febrero aparece con climatología cambiante, un día hace frío y al siguiente calor. Nos ofrece un compromiso con la campaña de Manos Unidas: “Contra el hambre, defiende la Tierra”. También nos mete de lleno en el carnaval y, sobre todo, en el tiempo cuaresmal. Momentos importantes para ser vividos con intensidad: la fiesta y la reflexión. Ambos forman parte de nuestra existencia. Y en el grueso de esta sección me gustaría divulgar que Dios sigue llamando a hombres y mujeres para el bien de la humanidad.

Fascinados por los avances tecnológicos, objetos de consumo y conquistas individuales, nos hemos descuidado del significado de Dios para nuestras vidas. Hay un conjunto de realidades que deben ser armonizadas para no caer en el vacío interior. Es verdad que vivimos inmersos en una realidad de profundos cambios que nos dejan a la deriva. Posiblemente por eso muchas personas han optado por vivir centradas en ellas mismas. Pero esta mirada tan subjetiva nos aleja de los demás y nos lleva a ver a las personas y a Dios como objetos de nuestras apetencias o desencantos.

Atravesar el desierto

El vacío en la vida puede ser útil para el crecimiento. Despierta la conciencia con iniciativas para superar la noche oscura del espíritu o atravesar el desierto, dejando nuestros miedos y falsas seguridades. Necesitamos más objetividad y una mirada más amplia para superar ese vacío tan manifiesto en nuestra sociedad occidental. Hay que abrirse a las personas y a Dios en el respeto y en el servicio. De esta manera podremos atravesar el vacío interior, dar sentido pleno a la vida y escuchar la llamada a la misión.

Jesús de Nazaret tuvo momentos de crisis o de luchas interiores. Él fue tentado con el engañoso deseo de poner orden en el mundo forzando o manipulando a Dios (cf. Lc 4, 1-13). En esta lucha contra los ídolos encarnados en el dinero, en el poder y en el prestigio, proclama el Reino de Dios, el Dios de la vida, como auténtico bien de las personas. Jesús nos trae un Dios cercano, accesible para todos y preocupado por nuestras vidas. En Él encontramos la verdad sobre nuestro origen y destino, la claridad en los vacíos que cobran sentido y se abren a la esperanza y al amor.

Percibir por la fe

La Madre Teresa de Calcuta pasó por la noche oscura de manera intensa y prolongada. Después de fundar la congregación de las Misioneras de la Caridad se le acabaron las consolaciones interiores. Sintió el “silencio” de Dios y su sensibilidad no captaba su presencia. Pero por la fe percibe que la cercanía de Dios era indudable. Sólo quería ser fiel a los pobres y ofrecerles su amor y su sonrisa. Afrontó sus oscuridades sin dejarse llevar por sentimientos o estados de ánimo, sino por la fe que brota de la esperanza inquebrantable en el amor de Dios.

En tiempos de oscuridad interior, dejarse conducir por la fe encierra una gran sabiduría, que San Pablo ratificó: “El justo vivirá de la fe” (Rm 1, 17). Confiar en Jesús de Nazaret y su proyecto, dejar entrar lo nuevo en casa y en nosotros mismos, crecer en autoestima, confiar que Dios nos llama a ser generosos y ofrecer lo mejor de nosotros mismos, es el camino a seguir. Este lanzarse al vacío es una constante misionera que requiere desprendimiento de bienes y personas para generar vida y entrar en la óptica de Dios.

Búsqueda vocacional

En medio de sus vacaciones, el P. Enrique Bayo, natural de Calatayud (Zaragoza) y misionero comboniano en la República Democrática de Congo (RDC), compartió con nosotros su proceso vocacional y su trabajo en la misión. Lleno de satisfacción y con la sonrisa en su rostro me dijo que su vocación surgió desde una situación de vacío. No estaba contento con la vida que llevaba ni con los estudios de Veterinaria. Buscaba otra cosa diferente, pero no sabía qué. Conocía a los misioneros combonianos por la revista Mundo Negro y la leía con asiduidad.

En esta búsqueda se acercó a la casa de los combonianos en Zaragoza por curiosidad. No obstante, Dios le llamaba a partir de ese vacío existencial. Allí se le presentó un proyecto de vida como misionero que fue descubriendo en los encuentros del grupo juvenil misionero. En su búsqueda vocacional el grupo le animaba a compartir experiencias y a rezar juntos. Sentía interés por los pobres y preocupación por las injusticias; deseaba ayudar a los desfavorecidos de este mundo.

El P. Enrique Bayo en una capilla de Isiro (RDC)

La interculturalidad

Al preguntarle por el apoyo recibido de su familia para ser misionero comboniano, me dijo que había sido muy bueno. El amor de sus padres y el ambiente religioso vivido en familia le dieron las bases para la misión. Supo más tarde que su padre, desde que se casó, deseaba tener un hijo sacerdote. Su madre, Pilar, le ha animado siempre y es misionera desde casa haciendo de puente en pequeños proyectos para la misión. Sus hermanos le han apoyado con afecto y económicamente.

En sus etapas formativas estuvo con grupos consistentes y de buenos amigos. Guarda un recuerdo especial del noviciado en Santarem (Portugal). Fue su primera experiencia de interculturalidad y lugar donde reforzó su entusiasmo por la misión. En Kinshasa (RDC) hizo la Teología y su primera experiencia africana. Fue el espacio donde confirmó su vocación misionera a través del estudio, la comunidad, la pastoral y el intercambio intercultural con los compañeros de diferentes nacionalidades que le ayudaron a crecer y abrirse. Fue ordenado sacerdote en 2001 en Calatayud y después estudió periodismo en Madrid.

Jóvenes congoleños

Iglesia viva

Desde 2006 trabaja en la parroquia de Santa Ana, en Isiro (RDC), con once comunidades en la ciudad y 51 capillas en el interior. El equipo misionero lleva adelante la pastoral de la familia, grupos de liturgia, de animación misionera y pastoral juvenil. A esta última ha dedicado más tiempo al ser el responsable de la Comisión Diocesana de Pastoral Juvenil. Muchos grupos juveniles han sido fundados por sacerdotes congoleños que llevan el cuño de la iniciación africana: asimilar valores humanos y cristianos por etapas.

La Iglesia, en medio de tantos conflictos bélicos e intereses económicos, camina con firmeza en Congo. Tiene el orgullo de ser la primera Conferencia Episcopal Africana y de tener bastantes vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Hay combonianos congoleños que vuelven a su tierra después de un trabajo de misión en otros países. Sin embargo, hay que ofrecer más señales de vida para las nuevas generaciones, que reclaman paz, justicia y fraternidad.

Y al partir, el P. Enrique Bayo dejaba este mensaje para los jóvenes: “Que seáis valientes para no dejaros llevar por la corriente, porque Jesús tiene una palabra para vosotros, pero si no abrís los oídos no la vais a escuchar. Estad abiertos y sed libres como Jesús”.




     

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