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Juan Sánchez Arenas. Misionero Comboniano






"LOS GUIÑOS DE DIOS"

Por Juan Sánchez Arenas

Estamos en tiempo de Pascua. Momento oportuno de encuentro con el Resucitado. El Viviente se hace presente en nuestras vidas, como en otros tiempos aconteció con los dos discípulos de Emaús. Sus guiños animan nuestro camino. En esta atmósfera de resucitados, el P. Julio Ocaña Iglesias, misionero comboniano en Etiopía, comparte con nosotros su proceso vocacional y su experiencia misionera entre los sidamo.


Abril es un mes primaveral. Los campos y los jardines se llenan de flores. Se dejan ver las primeras aves migratorias y el canto del cuco se oye en los bosques. Todos nos alegramos de la subida de las temperaturas y de la presencia de algún chaparrón. En este clima primaveral, estamos invitados a entrar y a disfrutar. La alegría pascual nos brinda esta invitación que viene del Resucitado. Él se pone en camino y sale a nuestro encuentro para dar sentido pleno a nuestras vidas. Bien sabemos que el ambiente, las circunstancias y los acontecimientos pueden condicionar nuestro destino, pero nunca lo determinan. Cada uno es sujeto activo a la hora de orientar su vida de manera más positiva y agradable. Las dificultades aparecen, los errores nos acompañan, pero la vida siempre continúa. Es un regalo que necesita de orientación y de cuidados. Brillará más si la orientamos a pensamientos, sentimientos y actitudes de entusiasmo, alegría, júbilo, buen humor, confianza, aceptación gozosa, esperanza, creatividad, resistencia, fluidez, interioridad y elevación

Perfume misionero

 

Si quieres, puedes crecer. Por eso, te invito a entrar en este clima de primavera pascual, orientación positiva y perfume misionero. Hace pocos días, el P. Julio Ocaña Iglesias, misionero comboniano, de Cangas de Morrazo (Pontevedra), compartió con nosotros su vida vocacional y misionera. Su rostro se iluminaba y su alegría se contagiaba. Acababa de llegar de Etiopía, donde ha estado trabajando nueve años, para visitar a su familia, descansar un poco y regresar a la misión. Me admiró su apertura, y en el rato que estuvimos juntos pude saborear los guiños de Dios en su vida. Una noche estaba rezando en la capilla del seminario de los combonianos en Santiago de Compostela. No recuerda el tiempo que duró la oración, pero fue tocado por una “paz interior” tan profunda que le ha marcado para el resto de su vida. Así se manifiesta Dios cuando menos te lo esperas, dándote una palmadita. Fue en clave de oración como decidió seguir en los combonianos e ir a Palencia. Este cambio le supuso dejar el ambiente familiar y cultural.

El ideal misionero se afianzaba y la motivación religiosa se imponía. En ese momento, tuvo una experiencia singular de encuentro. Estaba dando un paseo y de repente… se encontró con un anciano, que en su simplicidad palentina le impactó. Este acontecimiento lo vivió como una llamada fuerte de Dios a servir a los pobres. Con esta fuerza divina tomó la decisión de ir al Postulantado. Hagamos una parada para leer pausadamente el relato de Lucas 24, 13-35 y percibir en el texto los guiños de Dios en Jesús Resucitado. En este relato, Jesús se pone a caminar con los discípulos de Emaús, con nosotros. Se sitúa al mismo nivel, desde la debilidad, nos acompaña y tolera nuestras cegueras. Sigue de cerca las preocupaciones de los discípulos y les pregunta. Con paciencia y mucha escucha, deja brotar la verdad que va dentro de ellos, de nosotros. Y, acto seguido, les explica las Escrituras. Les da la clave para entender los acontecimientos referidos a Él.

Nueva realidad

En el Postulantado de Granada, Julio toma conciencia de lo que podía ser su futuro misionero. Se da cuenta de la singularidad del carisma comboniano en la interacción con los compañeros y compañeras de otras familias religiosas. Los estudios y la vida comunitaria fueron aspectos vividos con intensidad. Terminada esta etapa, hizo el Noviciado en Moncada. Seguidamente fue al Escolasticado de Nairobi. Éste ha sido el período más significativo de su formación.

La decisión de ir a Nairobi, a sus 23 años, le obligó a definir su ser comboniano. “Nairobi me abrió las puertas a un crecimiento más profundo a nivel psicológico, humano y religioso”, me decía. Las expectativas que tenía en su deseo de ser misionero fueron confirmadas. Tuvo una experiencia significativa con los jóvenes en uno de los suburbios de Nairobi. Este ambiente de periferia le permitió conocer la realidad de la misión y de la pobreza, aunque fuese en medio de los estudios. Con todo, esta realidad le invitaba a salir de sí mismo, a releer aspectos de su vida para ir adelante. En definitiva, Nairobi le abrió a una nueva realidad.

Terminados los estudios, lleno de generosidad y de entusiasmo por la misión, al estilo de Daniel Comboni, trabajó dos meses en el norte de Uganda con P. Carmelo del Río. Sin embargo, le tocó vivir con la misma entrega una malaria muy fuerte que le dejó en cama durante un mes. Después regresó a España para su ordenación sacerdotal y trabajó en el Museo Africano de Mundo Negro.

Seguimos con el relato bíblico que veníamos comentando. Llega el momento en que Jesús Resucitado se sentó a la mesa con ellos. Fue al partir el pan donde sus ojos se abrieron y le reconocieron. Gesto maravilloso de presencia y guiño en el compartir mesa y fraternidad. Acto seguido, Jesús desaparece de su lado. Los discípulos son capaces de ponerse en pie y seguir adelante. Y el relato concluye con su regreso a Jerusalén. Es decir, vuelven a la comunidad y se hacen misioneros, para anunciar que de verdad el Señor ha resucitado, está vivo.

Aterrizar

 

El 5 de enero de 2000 Julio parte para Etiopía. El primer año estuvo estudiando el amárico y recibiendo algunos conocimientos de la realidad histórica y social del país en Adís Abeba. Después fue destinado a la misión de Teticha, una macroparroquia con 85 capillas distribuidas a lo largo de 100 kilómetros. Asumió la responsabilidad de la escuela de 600 alumnos de Primaria. Dio rienda suelta a su creatividad y entabló relaciones de amistad con los profesores. Esto le ayudó a entrar en la cultura sidamo: lengua, sacrificios, ritos y tradiciones en vigor. El Hno. Fernando Acedo le ayudó a celebrar los funerales. En Teticha le tocó aterrizar. Lleno de entusiasmo, tuvo que vivir momentos duros durante tres años, pues la gente era muy dependiente de los misioneros y esperaban recibir compensaciones económicas.

Es importante saber que Etiopía es un gran país con 80 millones de habitantes, que sienten el orgullo de no haber sido colonizados y de tener una tradición religiosa milenaria. Se consideran descendientes del rey Salomón. La Iglesia cristiana en Etiopía se define como Iglesia Ortodoxa Etíope. Representa el 50 por ciento de la población, que ha asumido una sociedad teocrática en donde los valores religiosos son muy respetados. Existen dos ritos: el etíope y el latino, aunque los católicos romanos son el uno por ciento. La Iglesia tiene una relevancia considerable en la enseñanza y en la sanidad. Los musulmanes son un 45 por ciento y el resto son religiones tradicionales.

Encarnar la fe

En un segundo momento, Julio fue destinado a la misión de Dongora. Siendo el último en llegar fue nombrado superior y párroco. Allí estaba su amigo y hermano Ramón Navarro. El esfuerzo de programar la parroquia, de ayudar a las comunidades cristianas a madurar, siendo protagonistas de su crecimiento espiritual, responsables de su economía y solidarios con los pobres, tuvo sus choques. Pero en la actualidad vive un momento bonito, aunque cueste encarnar la fe. A cada comunidad se le ha dado un terreno de una o dos hectáreas para hacer una experiencia comunitaria de trabajo y poder financiar los gastos de la comunidad y ayudar a los pobres. Los centros juveniles están empezando, después de un momento de crisis y de rechazo a los misioneros, a asumir una cierta autofinanciación. El objetivo es ayudar a los jóvenes a labrarse un futuro mejor.

El P. Julio se despedía invitando a los jóvenes de España a que se interesaran por la misión. Y añadía: “Se necesitan personas que den una respuesta de fe y se interesen por los pobres”. Gracias, P. Julio, por ofrecernos tantos guiños de Dios. Ahora nos toca ver los nuestros. Buen regreso a Etiopía.




     

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