VIAJAR PARA COMPARTIR
Por Juan Sánchez Arenas
El verano nos abre la posibilidad de viajar. Esta experiencia de salir nos permite entrar en contacto con personas y lugares diferentes, toca nuestras vidas y nos hace más solidarios. Los motivos del viaje pueden ser diversos. Hoy narramos la experiencia de Gonzalo e Isabel, que con su hijo Ángel han viajado a Perú para vivir su vocación misionera en familia durante tres años como miembros de los Laicos Misioneros Combonianos.
|  |
|
En verano viajamos muchos y a diversos lugares. El viajar puede ser vivido como desafío, búsqueda, crecimiento interior, responsabilidad, compartir… Al final, realizamos una experiencia que toca y transforma nuestra vida. La clave está en sacar el máximo provecho del viaje siguiendo los ritmos y costumbres del país que se visita y de las personas que viven en él. Para esto, es necesario tener flexibilidad y voluntad para renunciar a nuestras comodidades. Pisamos tierra de otros, con lengua e historia diferentes a las nuestras. Luz, clima, paisaje y ambiente nos sorprenden. Estamos delante de una identidad nueva que nos estimula a profundizar en las relaciones interpersonales.
Invertir energía, tiempo y dinero en busca de experiencias nuevas hace a la persona más sociable, segura y cariñosa. Los motivos para viajar pueden ser diversos: distracción, retos físicos, ampliar conocimientos, inmersión en una cultura, ayuda humanitaria, dar sentido a la vida con Dios, y tantos otros. ¿Has pensado ya el motivo de tu viaje? Cualquiera que sea el rumbo que tomes, preparar el viaje es importante para gozar de una experiencia
transformadora. Al mismo tiempo, conviene ir ligero de equipaje, abierto a privaciones, a la dureza del camino, a momentos críticos, a la busca de aventura, curioso
de aprender delante de lo diferente, dispuesto al cambio y atento a la oportunidad de crecer.
NECESIDAD DE SALIR
Esta necesidad de salir parece que la llevamos inscrita en nuestro código genético. Desde antiguo tenemos noticias de que personas y pueblos se desplazaban de un lugar a otro. Relatos bíblicos nos dicen que, cierto día, Abraham, nuestro antepasado en la fe, escucha una voz que le invita a salir: “Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré” (Gn 12, 1). “Por la fe, Abraham, al ser llamado por Dios, obedeció y salió hacia el lugar que había de recibir en herencia, y partió sin saber a dónde iba” (Hb 11, 8). Este caminar itinerante de Abraham y de Sara, su esposa,
nos convida a confiar más en Dios y a entrar en la aventura de la vida que se va haciendo con bendiciones, límites y resistencias.
Hace pocos días, Gonzalo e Isabel, matrimonio madrileño, con su hijo Ángel de 15 meses, viajaron a Perú. Antes de salir, tuve la alegría de escuchar los motivos de su partida. Como Laicos Misioneros Combonianos (LMC) iban a comenzar su experiencia de misión por tres años. Muchos alientos y desalientos han escuchado durante el tiempo de preparación. Pero una fuerza interior los empujaba a ir adelante. Pidieron excedencia en sus trabajos, él como físico y ella como trabajadora social, y se la concedieron. De esta manera, han podido iniciar una etapa nueva en sus vidas.
VÉRTIGO DE LANZARSE
Todo esto venía de lejos. Ambos me decían que de pequeños les impactó mucho la visita de misioneros. Los recordaban como testigos de un Jesús vivo. Estos contactos, encuentros y lecturas de la labor de Helder Cámara, Pedro Casaldáliga y Desmond Tutu fueron alimentando sus llamadas a la misión. El dicho tan misionero de que “los pobres nos evangelizan” se iba haciendo realidad. Isabel sintió que el encuentro con Gonzalo la ayudó a ir profundizando más en Dios liberador, hasta llegar a no poder mirar para otro lado. Era urgente tomar una decisión en sus vidas. Pero el vértigo de lanzarse a la misión y de conciliar razón con corazón necesitaba de la gracia de Dios. De este modo, juntos buscaban un lugar donde llevar adelante su ser misionero.
Un 22 de diciembre las puertas se iban abriendo. Un misionero comboniano escucha sus inquietudes y los pone
en contacto con Raúl y Mercedes, encargados de
LMC. En los encuentros fueron viendo siete niños, cuatro
matrimonios y otras personas solteras. Al escucharles
cómo contaban sus experiencias misioneras, con sencillez
y alegría, se quedaron felices. En realidad, eran gente
normal, de carne y hueso, con problemas de trabajo y de
familia, pero con mucha ilusión por la misión. Entonces
se dijeron: “Nosotros podemos ser como ellos”.
RESPONDER ES LO IMPORTANTE
De nuevo surge la vocación,
que no se puede identificar con profesión. Es una opción
de vida que tiene sus raíces en Jesús. Él es quien te llama
y escoge, te elige y te invita a ser feliz entregando tu vida
a una misión (cf. Mc 3, 13-15). La llamada que Dios hace
a cada persona hay que escucharla y trabajarla. No se
responde en un momento, por mucha pasión que se sienta.
Ésta exige reflexión y acompañamiento por una comunidad
o personas capacitadas. Todas las vocaciones,
y cada una de ellas, son necesarias para la Iglesia y para
el bien de la humanidad. Responder es lo importante,
aunque te dé vértigo o cosas por el estilo. Por eso te pregunto:
¿Cómo estás respondiendo a la llamada que Dios
te hace?
Gonzalo e Isabel hicieron un curso de tres meses sobre
misionología y la constante era la espiritualidad misionera.
Es decir, el encuentro con Jesús, el ir siempre al encuentro
de Jesús. El saber que el Espíritu está presente en
cada persona y en cada pueblo. Conscientes de que nosotros
somos instrumentos de su acción evangelizadora y
por un tiempo limitado. También sabedores de que la misión
es gozosa pero dura. De aquí la necesidad de la oración
que ayuda a conservarnos vivos, comprometidos
con la justicia y a ser testigos del amor en medio de la
gente más pobre. Ellos veían y sentían la urgencia de hacer
un camino mayor en la oración para mantener encendida
la luz de la vida y la entrega en sus empeños cotidianos.
VOCACIÓN MISIONERA EN FAMILIA
Este joven matrimonio, dejando
atrás sus puestos de trabajo, carreras, bienestar y
sus padres, viajó a Perú con el fruto de su amor –Ángel–,
a fin de vivir su vocación misionera en familia. Juntos
han procurado dar significado a esa zarza ardiente que
durante tanto tiempo permanecía encendida en sus vidas
a semejanza de Moisés (Ex 3, 1-6). Ahora este fuego abrasador
se hace realidad al compartir sus vidas con las
personas necesitadas de la parroquia de “El Buen Pastor”,
en Arequipa. El P. Lorenzo, misionero comboniano,
los estaba esperando como agua de mayo. La guardería,
los comedores populares y las diversas acciones pastorales solicitan su ayuda. No cabe duda de que su presencia como familia complementará al equipo misionero.
EXPERIENCIA REBOSANTE
Isabel comentaba que durante el período
de preparación han experimentado la generosidad
de muchas personas. Citaba entre ellas a los combonianos,
combonianas, la parroquia, su pueblo natal y ahora
los combonianos en Perú. Algunos amigos y conocidos
les decían: “Qué envidia nos dais, ¡animo!”.Gonzalo
añadía que es un privilegio ver cómo el Señor se ha ido
manifestando en sus vidas por medio de personas y
acontecimientos. Ellas te van suscitando mayor unión con Jesús por medio de los pobres, la justicia... En el fondo, es esa relación de buscar al Señor y es Él que te está buscando primero.
Estos días he recibido la noticia de que habían llegado
bien y estaban en Lima haciendo el curso de introducción
a la realidad peruana. Con ellos viajó Inmaculada,
también laica misionera comboniana, y nos han mandado
una fotografía de los tres desde Lima. Recemos por
ellos para que disfruten de una experiencia misionera rebosante
y puedan aportar con sus vidas frutos de justicia
y de paz entre los más desfavorecidos. Y para nosotros
quedan abiertas las preguntas: ¿Estoy viajando en la dirección
que Jesús me llama? ¿Cuándo me lanzo a dar el
sí? ¿Qué me dice el testimonio de Isabel y de Gonzalo?
|