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Juan Sánchez Arenas. Misionero Comboniano





V E R A N O    S O L I D A R I O

Por Juan Sánchez Arenas


Tres jóvenes voluntarios: Jairo San José, María Alajarín y Borja González, están este verano en la misión de Baños, en el departamento de Huánuco (Perú)


Miles de voluntarios colaboran en proyectos solidarios y de misión. Organizaciones civiles y religiosas facilitan este servicio. Otros jóvenes viajan a una “misión de altura”: Perú. Y el P. Isaac Martín Arnanz, misionero comboniano, nos revela su vocación religiosa y su prolongado servicio misionero en Sudán.


Estamos en pleno verano. Julio y agosto tienen su encanto vacacional. Los jóvenes viajan de un lugar a otro. Los anima el movimiento, salir de lo cotidiano, las ganas de conocer y de compartir. Se abren espacios de libertad y de fiesta. El contacto con la naturaleza, el baño en la piscina, escalar una montaña, caminar por praderas y valles, estar con los amigos, disfrutar de la playa, conocer otros pueblos y culturas... ensanchan las ganas de vivir.

Movidos por la solidaridad.

También en los meses de verano miles de jóvenes se lanzan a colaborar en proyectos solidarios. Ellos quieren sentirse bien y útiles ayudando a los demás. Tienen el deseo de cambiar y mejorar esta sociedad tan desigual. Sienten la admiración hacia los misioneros que se entregan a los más pobres y viven situaciones difíciles con esperanza. Muchos jóvenes se acercan a la misión y otros, movidos por la solidaridad, se suman a proyectos humanitarios. Este tipo de vivencias les ayuda a ver la realidad desde los desfavorecidos y a madurar personalmente.

  Jóvenes voluntarios en Perú y misioneros combonianos,
en el Museo Africano de Madrid.

Son numerosas las ONGs y congregaciones religiosas que facilitan la colaboración de jóvenes en trabajos temporales y de misión. Para esto se exige una formación adecuada con vistas a garantizar una experiencia positiva. No obstante, muchos jóvenes se quedan fuera de esta posibilidad de participar y colaborar en proyectos solidarios. Por eso, animo a los gobiernos autonómicos y a la sociedad en general, a las Iglesias locales y congregaciones religiosas, a los movimientos e institutos misioneros, a promover estas iniciativas de solidaridad y de misión.

Misión en las alturas.

Borja González, María Alajarín y Jairo San José, los tres universitarios, acompañados por el P. Juan Manuel Labajo, misionero comboniano, viajaron a Perú el pasado 17 de junio. Fueron a la misión de Baños, en el departamento de Huánuco, llamada “la misión en las alturas” por estar a 3.700 metros de altitud. Más de una treintena de pueblos son asistidos por un equipo de misioneros combonianos y dos equipos de Laicos Misioneros Combonianos (LMC). Estos jóvenes desean colaborar durante un mes en esta maravillosa obra misionera.

Antes de coger el avión a Lima, Borja me comentaba que María le empujó a meterse en esta aventura misionera. Con el paso del tiempo, los encuentros de formación y la compra de los billetes de avión, su ilusión crecía. Partió dispuesto a dar y a recibir de la misión. Sin embargo, ve que el aspecto económico es una barrera para que los jóvenes participen de este tipo de experiencia. Por eso lanzaba este grito de solidaridad: ¿Cómo es posible que en este país se estén acumulando fondos para mil gestiones y no se den ayudas a jóvenes para realizar experiencias misioneras?

María hizo el último examen de fin de carrera en Técnico Educación Infantil el día antes de salir para Perú. Su disponibilidad para ayudar y aprender de la gente de la sierra peruana es fundamental para valorar su vida y la de ellos. Agradece a sus padres el apoyo económico y a los combonianos su disponibilidad. Y decía a los jóvenes: “Aquí vivimos muy bien, en una burbuja, necesitamos de realidades que nos impacten. Ayudar a los demás te llena más por dentro que cualquier viaje”.

Hacer algo diferente.

Jairo sentía la necesidad de hacer algo diferente este verano. Quería conocer otras culturas y ayudar en lo que pudiese. Se puso en contacto con los misioneros combonianos que organizaban esta experiencia misionera en Perú y con mucho esfuerzo fue ahorrando para costearse el viaje y la estancia. Con la sonrisa en el rostro y la sencillez natural decía que poco podía aportar a la misión. Pero quien le conoce por ser un “manitas”, decía que no le va a faltar trabajo. E invitaba a otros jóvenes a meterse en estas experiencias: “Hay que romper el hielo y dar el primer paso”.

Sentir el clamor y el sufrimiento de los demás es parte de la mística que Jesús de Nazaret vivió y enseñó. La compasión practicada por Jesús confirma a la persona frente a la sociedad de la satisfacción y de la indiferencia. Al satisfecho le basta la tarjeta de crédito, el coche, Internet y el móvil. El compasivo, por el contrario, es hijo del encuentro y de la cultura de la sensibilidad.

Mientras el indiferente pasa de largo y banaliza el dolor mediante el anonimato, el compasivo recupera el valor de la gente mediante la proximidad y la cordialidad. La compasión se hermana con la empatía hacia los sufrientes y el cuidado de los necesitados. La compasión es la base moral, política y religiosa de la solidaridad. Mientras exista compasión, en el mundo habrá esperanza.

 

Entregarse a los pobres.

Esta vez contamos con el testimonio del P. Isaac Martín Arnanz, vallisoletano y misionero comboniano. Su presencia en Sudán desde hace 33 años avala el amor por este país y su gente. Siendo joven, tuvo que ser operado de una pierna. Estando en el hospital le llevaron los dos primeros números de la revista Mundo Negro. Lo que expresaban de África le impactó. Algo sintió en su interior que le decía que tenía que ser misionero. En esta lucha de sentimientos se debatía. Había terminado Comercio y se preparaba para unas oposiciones de Hacienda. Como tardaban en salir, decide hablar de su deseo de ser misionero a un seminarista y a un sacerdote.

En 1962 entra en contacto con los misioneros combonianos y hace el Noviciado en Corella. Allí conoce a Osmundo Bilbao (que después murió mártir en Uganda) y otros compañeros que vivían con ilusión la entrega a Cristo y a los pobres. En Moncada hizo los votos y prosiguió su formación en Verona (Italia). Allí se hacían exposiciones sobre Sudán, se hablaba del Islam, diálogo interreligioso y ecumenismo. Su vocación misionera iba creciendo. Es ordenado sacerdote en 1969 y destinado a Sudán. Estudia árabe en Damasco durante dos años.

Moverse a pie.

En diciembre de 1971 llega a Omdurman, ciudad sudanesa cercana a la capital, Jartum. Trabaja durante tres años con gente del sur del país. Se crean centros sociales (escuelas, talleres de costura…) y se celebra la fe en ellos. Después fue enviado a Nyala para apoyar al P. Alberto Modonesi con unas religiosas. Pernoctar en el desierto con la gente, moverse a pie y en transporte público, le fortalecía. Lo más penoso era recibir el permiso para visitar a los cristianos de otros poblados.

De hecho, después de un año le negaron el permiso. Tuvo que ir a Jartum para renovarlo. Más tarde fue destinado a El Obeid, donde abrió el seminario con nueve catequistas. La policía sospechaba de todo. Un día, una persona le preguntó de dónde era. Cuando le dijo que de España, le respondió: “Al Ándalus, eso es nuestro, es árabe”. El P. Isaac intento explicarle, pero nada. Después fue destinado a la catedral y nombrado vicario. Inicia las comunidades de base, organiza la catequesis y habla en lenguas locales.

Ser luz en la sociedad.

En Jartum trabaja en los medios de comunicación durante once años. Creó un boletín de noticias que recogía situaciones de injusticias contra los derechos humanos y lo enviaba a todos los obispos. En 1989 hubo un golpe de Estado y todos los periódicos fueron cerrados. No obstante, la revista Al-rruia circulaba. Preparó a gente en medios y tuvo la suerte de conocer de cerca las relaciones entre la Iglesia y el Gobierno.

En julio de 1999 fue enviado a Wau, en medio de los dinkas y fertit. Con el acuerdo de paz en 2005, el equipo misionero tuvo más libertad y comienza a abrir obras sociales fuera de la ciudad. Trabajan temas sobre la unidad, la reconciliación, la educación por la ciudadanía y la autofinanciación económica. El Comité Justicia y Paz ayuda a los catequistas a resolver los conflictos y a ser luz en la sociedad teniendo a Cristo en el centro.

Al despedirse de nosotros, el P. Isaac nos alentaba a tener gusto por la oración y la hospitalidad, a no dejar a Dios fuera de nuestras vidas y ser jóvenes comprometidos.




     

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