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Juan Sánchez Arenas. Misionero Comboniano






ENTREGAR LA VIDA

Por Juan Sánchez Arenas

En nuestro caminar por la Cuaresma, vamos orientando nuestras vidas en torno al centro vivo y palpitante que es Cristo. Y así nos acercamos a la Pascua, espacio vital para vivir de cerca el memorial de Jesús de Nazaret. En su mesa compartida sentimos su presencia amiga, en la cruz, la verdad del amor, y en la resurrección, la paz, el compromiso y la bendición de Dios.


Ya estamos en la recta final de la Cuaresma y nos preparamos para entrar en el movimiento pascual de vida y esperanza. Como ciegos en el camino, procuramos la luz que ilumine nuestras sombras y necesidades. En esta marcha, Jesús se manifiesta, nos alcanza y se presenta como luz del mundo. Él nos llama y acoge desde lo más profundo de su ser. Nos convida a superar nuestras rebeldías para hacernos cargo de la vocación a la que hemos sido llamados. Pero, a decir verdad, para responder a la llamada de Dios es necesario sentir su presencia. Sin este sentimiento sutil o profundo resulta difícil entregar la vida por una causa o misión.

La sociedad actual presenta a los jóvenes muchos sucedáneos que les distraen. Existe más interés publicitario para vender sus productos que ayudas formativas. La cultura de la imagen, por un lado, prima la visión buscando el placer del espectador; pero por otro, reduce la escucha atenta de la realidad que muchas veces pide atención y provoca una acción. La realidad virtual está en alza y quita tiempo para conectarse con la realidad concreta. Si, además, añadimos la tendencia al individualismo y la fragmentación de la realidad, sólo cabe preguntarnos: ¿Cómo vivir en medio de tanto cambio? ¿Cómo sentir a Dios en medio de tanto bullicio? Desde mi experiencia misionera siento la necesidad de ampliar el horizonte de la visión a la hora de analizar la realidad global. Muchas veces hablamos de crisis y más crisis en casa y en la del vecino, en un continente y en el otro. Pero sucede que no es así en todos los aspectos y situaciones de la vida. Por ejemplo, en Europa se habla de falta de vocaciones sacerdotales y religiosas, y es verdad; pero en el África francófona sucede lo contrario, hay un exuberante crecimiento de vocaciones. Lo mismo se puede decir de otros países del Sur. Constatamos, también, que la experiencia religiosa y la presencia de Dios son más sentidas en los pueblos empobrecidos.


ELEGIR UN CENTRO

Si queremos dar sentido a nuestras vidas fragmentadas, buscar la verdad que habita dentro de nosotros, necesitamos elegir un centro desde el cual gravite nuestra existencia. No podemos estar fuera de la realidad o rellenando la vida de experiencias aisladas y sin aparente conexión. Necesitamos una buena dosis de humildad para reconocer que nuestro centro, nuestro origen está en Dios. Pues fuera de su órbita, nuestras vidas divagan en el espacio. Él está ahí, a nuestro lado, descodificando la realidad que nos dispersa y esperando pacientemente nuestro retorno como padre misericordioso (Lc 15, 11-31).

El dar la vida es una dinámica de fecundidad, de amistad y de amor. Nos lleva a responsabilizarnos y a integrar nuestras vidas en torno al centro vivo y palpitante que es Cristo. Él es el amigo fiable por excelencia, el compañero que no abandona en los momentos difíciles, el que nos llama y convida a colaborar con Él. Saboreemos el texto del Evangelio de Juan: "Éste es el mandamiento mío: que os améis unos a otros igual que yo os he amado. Nadie tiene amor más grande por los amigos que uno que entrega su vida por ellos. No me elegisteis vosotros a mí, os elegí yo a vosotros y os destiné a que os pongáis en camino, produzcáis fruto y vuestro fruto dure; así, cualquier cosa que le pidáis al Padre en unión conmigo, os lo dará" (Jn 15, 12-16).

Nuestras vidas están llenas de grandezas y de miserias. Sin embargo, mostramos más el lado positivo y escondemos nuestras debilidades. En el fondo es negar una realidad que forma parte de nuestra historia, es cerrarnos a la búsqueda de la verdad y a la posibilidad de dar sentido a nuestras vidas. No obstante, nadie puede silenciar lo que lleva por dentro. La herida no curada emerge, la prepotencia se derrumba, la incomunicación deprime y la ausencia de Dios deshumaniza. Es necesario dialogar, reconciliar e integrar nuestras vidas desde el centropara poder ofrecerlas.

CENA DE DESPEDIDA

Para vivir de la esperanza pascual hay que pasar por el memorial de Jesús de Nazaret. En Él encontramos la manera mejor de entender lo sucedido como elemento inspirador para hacer una verdadera memoria en nuestras vidas. Jesús va a Jerusalén sabiendo, de alguna manera, lo que le espera. No saldrá de ella sino cargando con la cruz para culminar su misión. Los relatos de la Pasión nos hacen contemplar, en medio de las apariencias caóticas, la gran historia de amor de Dios para con la humanidad. Dentro de estos acontecimientos ofreceremos unas pinceladas sobre la cena de despedida, la contemplación del Crucificado y la vida con sentido del Resucitado.

Jesús, sintiendo que su muerte estaba próxima, celebra la cena de despedida con los suyos en Jerusalén. Reparte el pan diciendo: "Esto es mi cuerpo". Al final de la comida, todos beben de la misma copa, la copa de la salvación, la de Jesús. Y explica algo nuevo: "Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre, que se derrama para todos" (Mc 14, 22-26). Y deja este mandato: "Haced esto en memoria mía" (1 Cor 11, 24; Lc 22, 21). El evangelio de Juan nos dice que, en un momento determinado de la cena, Jesús se levantó de la mesa y "se puso a lavar los pies de la discípulos" (Jn 13, 1-16). Pues bien, estos gestos tan maravillosos y sacramentales nos dan vida y esperanza. Cada Eucaristía es recuerdo y presencia de Jesús entre nosotros, mesa compartida y solidaria, servicio humilde y gratuito, encuentro fraterno y de comunidad.

EL MAYOR DESAFÍO

 

Jesús tuvo que resolver en el Huerto de los Olivos el mayor desafío: su fidelidad a la misión que el Padre universal le había encomendado. Tenía claro el deseo de que Dios haga llegar el reino sin necesidad de tanta violencia. Sin embargo, su obediencia filial es definitiva: "Abbá, Padre, todo es posible para ti. Aparta de mí esta copa de amargura. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú" (Mc 14, 36). A partir de este momento, Jesús queda, aún más, sumergido en la voluntad del Padre, fuerza liberadora de amor y de perdón. Carga con el doloroso sufrimiento de ser preso, maltratado y condenado a muerte de cruz. Con su muerte de cruz penetró en el abismo profundo del sinsentido y lo ha llenado de sentido, rescatando el peso que condenaba a la humanidad. Desde entonces, dentro de la cruz existe el amor-verdad, fuera de la cruz existe el absurdo. En su cruz grabó la promesa del perdónamor (Lc 23, 32-48).

El "Dios crucificado" está en el corazón de todos los crucificados de la tierra, en todos los pueblos crucificados. Ellos le reconocen mejor que nadie; contemplan su rostro y sus heridas. Reciben el consuelo de ser acogidos y esperan justicia, liberación y salvación. Al mismo tiempo, estos pueblos crucificados generan solidaridad y fe en su manera de ser Iglesia y de santidad humanizada. Hay que agradecer a Dios por la multitud de personas que entregan sus vidas al servicio de la Iglesia y de un mundo mejor. En esta dirección homenajeamos también a tantos mártires que derramaron su sangre por Cristo, por los pobres y por una nueva humanidad.

EL VIVIENTE

La historia de Jesús no termina con la cruz. Son varias las fórmulas de fe que nos presentan al resucitado como "el que está vivo", "el viviente": "¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?" (Lc 24, 5) o "Soy yo el primero y el último, el que vive. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre y tengo en mi poder las llaves de la muerte y del abismo" (Ap 1, 17-18 y 2, 8). Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos (Rom 10, 9) y está vivo entre nosotros con su vida nueva de resucitado, ha entrado en la "Vida" de Dios. (Rom 6, 9-10). En definitiva, la resurrección es el sí de Dios a Jesús, donde los verdugos no triunfan sobre las víctimas. Y nuestro encuentro con Jesús resucitado nos concede la paz, el compromiso y la bendición de Dios. ¡Felices Pascuas!




     

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