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Juan Sánchez Arenas. Misionero Comboniano






POSEIDOS POR EL ESPÍRITU

Por Juan Sánchez Arenas



La alegría pascual nos prepara para celebrar la fiesta de Pentecostés. La acción del Espíritu Santo renovó interiormente a los seguidores de Jesucristo y les dio la audacia de anunciar sin miedo su resurrección. Este sí a la vida continúa hoy en cada rincón de la tierra. Benedicto XVI invita a los jóvenes a familiarizarse con el Espíritu Santo para que sientan la urgencia de la misión y respondan generosamente a su llamada.


Muchas veces pensamos que el Espíritu Santo está de vacaciones o ausente de nuestras vidas. Pero no es así; permanece activo en lo cotidiano, en ti y en mí, en el cercano y en el lejano. Marca su presencia iluminadora en situaciones y en movimientos que generan vida, vengan de donde vengan. Con su aliento despierta nuestra existencia, tocada por los diversos vendavales del momento histórico. Su acción se expande en el cosmos y en la humanidad, centrada en Jesucristo, el viviente, el resucitado. Nada ni nadie escapa del soplo del Espíritu.

Al mismo tiempo, constatamos que muchos jóvenes respiran y viven en una atmósfera de superficialidad, hedonismo, ligereza y sin referencias estables. Su clave de vida está en vivir el presente, el “ahora”, y sin compromisos definitivos. Ésta es la lógica de la cultura posmoderna. Por otro lado, existen jóvenes que asumen compromisos duraderos y buscan con pasión al Dios de la vida. Sin embargo, en medio de la pluralidad cultural y religiosa actual, tenemos que permanecer atentos a los tiempos, el aleteo del Espíritu.

Toca los corazones

En la pasada Semana Santa, vivida en la “Institución Benéfica del Sagrado Corazón de Jesús” de Granada, he sentido cómo el Espíritu toca los corazones de jóvenes, adultos, defi cientes y ancianos. Su alegría y gozo rezumaba por todas partes. Alguien nos animaba y nos daba fuerzas para vivir, pues en un ambiente de deficiencia física y psíquica no es común tener entusiasmo y vitalidad. El peso de la edad, las sillas de ruedas, el no poder valerse por sí mismo, no era impedimento para vivir unidos a Jesucristo. Vi correr lágrimas en Alejandro y en José Antonio, jóvenes que leían el Vía Crucis y que desean ser misioneros. También percibí la alegría de un grupo de jóvenes que servían la comida a los ancianos. Éstas y otras experiencias similares nos humanizan y nos dan esperanza.

Vivimos en tiempo pascual, momento de alegría y de esperanza; espacio abierto a la confianza en Dios. Nuestras vidas son tocadas por el Espíritu, que las ilumina y las conduce, sujetas a la debilidad y al ambiente de cierta confusión, perplejidad e inseguridad que las rodea.

Los textos bíblicos nos invitan a superar los miedos y a fortalecer la fe, a construir la paz y confiar en los hermanos, a ser anunciadores de la Buena Noticia y testigos del Resucitado. También nos ayudan a percibir la acción del Espíritu Santo en la comunidad y nos llevan a celebrar la fiesta de Pentecostés, fiesta de la comunidad de los seguidores de Jesucristo. Y es en este hogar comunitario donde recibimos aliento y consuelo, paciencia y fortaleza, vitalidad y esperanza.

Ya desde las primeras páginas de la Biblia, el Espíritu de Dios se evoca como aliento que “se cernía sobre la faz de las aguas” (Gn 1, 2), como soplo o aliento de vida (Gn 2, 7) que da vida a la persona. Este Espíritu vivificante de Dios se manifiesta a lo largo de la historia humana, suscitando guías y profetas. Vemos en el libro de Éxodo cómo acompañó a Moisés y a su pueblo en el proceso de liberación hasta llegar a la tierra prometida. También hace revivir con su Espíritu al pueblo de Israel, representado en unos huesos secos (Ez 37, 1-14) y anuncia por boca del profeta Joel que Dios derramará su Espíritu sobre todos, y “vuestros jóvenes verán visiones” (Jl 3,1-2).

Presente en la vida

 

En el Nuevo Testamento vemos cómo el Espíritu Santo desciende, se posa, penetra y se hace presente en la vida de las personas y de la comunidad. El ángel del Señor anuncia a la joven María que el Espíritu Santo bajará y la cubrirá con su sombra para dar a luz a Jesús (Lc 1, 26- 28). El mismo Jesús ve al Espíritu de Dios bajar y posarse sobre él a la salida del bautismo (Mt 3, 16). Al inicio de su ministerio público proclama en la sinagoga de Nazaret que el Espíritu del Señor está sobre él y que le ha ungido para dar la Buena Nueva a los pobres (Lc 4, 16-21). Y antes de su muerte en cruz, anuncia varias veces a sus discípulos la venida del Espíritu Santo, cuya misión será la de dar testimonio de él y asistir a los creyentes, la de enseñarles y guiarles hasta la verdad plena (Jn 14, 16-17.25-26; 15, 26; 16, 13).

La promesa del Espíritu Santo se cumplió en Pentecostés. Podemos leer en Hechos de los Apóstoles que el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles con mayor fuerza (2, 2-3), los renovó interiormente y les dio la audacia de anunciar sin miedo: “¡Cristo ha muerto y ha resucitado!” (2, 29; 4, 13.29.31). De pescadores atemorizados pasaron a ser heraldos del Evangelio. Sus enemigos no los entendían ni comprendían su valor al soportar con alegría tan gran persecución (4, 13). Los seguidores de Jesús no paraban de contar lo que habían visto y oído (4, 20). Así nació la Iglesia, que desde Pentecostés no ha dejado de extender la Buena Noticia hasta lo confines de la tierra (1, 8).

Ardor misionero

En este ardor misionero se engancharon y se enganchan hoy personas que viven la misión con ilusión y alegría. La encíclica Redentoris Missio nos recuerda que el Espíritu Santo es el guía y el primer animador de la misión. Con María seguimos viviendo la experiencia de Pentecostés y expandiendo el amor de Jesús. Quiero que viváis como cenáculo de apóstoles, decía Daniel Comboni a sus misioneros. En esta comunión y ardor por la misión somos llamados a vivir en medio de la realidad actual. Con respeto y diálogo por las diferentes culturas y manifestaciones religiosas, pero expresando a toda la humanidad el “sí a la vida” que tiene su forma plena en Jesús de Nazaret.

En mi experiencia misionera he visto la acción del Espíritu Santo manifestarse de maneras diferentes. Una de ellas ha sido el ver nacer y crecer nuevas comunidades cristianas, el amor por la Biblia y el compromiso con los pobres. También me ha llamado la atención la perseverancia en la fe de animadores, catequistas y agentes de caridad. En este sentido, no hay duda de que el Espíritu Santo sigue actuando en nosotros y se manifiesta como “maestro interior” que nos impulsa hacia los demás y nos introduce en el Misterio trinitario. Es, pues, en este fuego de amor donde me ha tocado vivir mi ser misionero comboniano con aciertos y debilidades, anunciando a Dios y su reino de paz, compasión y justicia. En varios momentos he estado en aprietos, pero la fuerza del Espíritu me ha acompañado a seguir adelante.

Nuevo Pentecostés

Jóvenes, el Papa Benedicto XVI en su mensaje para la Jornada Mundial de la Juventud 2008 os recuerda que tengáis familiaridad con el Espíritu Santo, para tenerla con Jesús. También espera de vosotros que suscitéis en el mundo el viento y el fuego de un nuevo Pentecostés. Que participéis frecuentemente de la celebración de la Eucaristía, “fuente y culmen” de la vida eclesial, “Pentecostés perpetuo”. Que sintáis la necesidad y la urgencia de la misión. Pues sólo Cristo puede colmar las aspiraciones más íntimas del corazón humano; sólo Él es capaz de humanizar la humanidad y conducirla a su “divinización”.

El Papa hace también esta llamada: “Se necesitan jóvenes que dejen arder dentro de sí el amor de Dios y respondan generosamente a su llamamiento”. No tengáis miedo de convertiros en santos misioneros como Francisco Javier, Teresa del Niño Jesús, Daniel Comboni, para proclamar la esperanza de Cristo resucitado en cada rincón de la tierra. Recordad: ¡la Iglesia confía en vosotros! Que el Espíritu Santo inflame vuestros corazones. ¡Feliz fiesta de Pentecostés!




     

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