CON TODOS LOS SENTIDOS
Por Juan Sánchez Arenas
Noviembre nos regala colores otoñales y la festividad de
Todos los Santos. Pablo de Tarso, el misionero por excelencia,
nos recuerda que el Evangelio es, sobre todo, proclamación
de libertad. Orar con los cinco sentidos es
fuente de vida, de felicidad y encuentro con Dios. El Hno.
Luis Gardenio, comboniano costarricense, nos cuenta que
su vocación se despertó al oír hablar a un misionero sobre
las necesidades de África.
Estamos en otoño. Las hojas de los árboles tapizan los parques y las calles.
La lluvia y el viento nos despiertan. Nuestros cuerpos piden abrigo con
el descenso de la temperatura. Los pájaros anidan en parques y avenidas
buscando alivio. En este periodo de transición nuestros sentidos se conmueven
en busca de equilibrio. Las sensaciones recibidas aportan un tono gris amarillento.
La crisis económica pone en vibración los bolsillos y a todos los demás sentidos.
La fe nos anima a ir adelante, desafiando y relativizando el mismo progreso, que
va haciendo mayor el abismo entre pobres y ricos.
va haciendo mayor el abismo entre pobres y ricos.
El mes de noviembre abre sus puertas a la festividad de Todos los Santos y a la
conmemoración de los Fieles Difuntos. El número de santos aumenta cada día,
su labor callada es insustituible para que la humanidad sea más creativa y fraterna.
Ellos entregaron todo su ser al servicio del amor incondicional a Jesucristo.
Y “todo lo demás se les dio por añadidura” (Mt 6, 33). También nos invitan a entrar
en la fiesta de la esperanza, ayudándonos a superar las experiencias negativas
que aparecen en nuestras vidas. Y nuestros difuntos, seres queridos, nos recuerdan
la bondad de Dios en su Hijo resucitado: “Yo soy la resurrección y la vida; el que
cree en mí, aunque muera, vivirá” (Jn 11, 25).
Proclamación de libertad
En este contexto recordamos a San Pablo, apóstol y misionero por excelencia. Él
abrió todos sus sentidos a Jesús de Nazaret y tuvo la convicción de que el
Evangelio estaba destinado a todas las naciones, principalmente a los alejados
y a los pobres. Por esta opción tuvo que afrontar numerosos conflictos fuera y dentro
de las comunidades cristianas. Pablo nunca se dejó llevar por el miedo; al contrario,
el Evangelio era sobre todo proclamación de libertad. Para él, la ley es inútil
e hipócrita. Sólo la fe en Jesús Mesías salva (Gál 2, 16). Su experiencia misionera ha quedado como referencia universal para toda la Iglesia y carta
magna para todos los misioneros y misioneras.
Los jóvenes en su pluralidad tienen sus sentidos disponibles
y abiertos a acoger todas las informaciones. Han nacido
en medio del sonido, la imagen, el movimiento y el color. La
dificultad está en procesar tanta información que no favorece
el reposo, el silencio o la contemplación. En la era del “video
juego” necesitamos recuperar el “lenguaje simbólicoestético
y afectivo” para entrar en el misterio de Dios y celebrarlo.
En la actualidad, los jóvenes tienen una sensibilidad
para la música, la imagen, la danza, la corporalidad, la narración,
las emociones y la fiesta. Les gusta cantar, bailar y expresarse
con el cuerpo. Nuestra labor está en acompañar y ayudar
a que estas capacidades sensoriales puedan procesarse
bien, acercándose a Jesús.
Recuerdo con alegría el grupo de jóvenes que cantaban y danzaban
en las celebraciones eucarísticas en Búzi, Mozambique.
Era una fiesta para todos. Los que tocaban instrumentos hacían
una piña y las danzarinas, con sus movimientos corporales, nos llevaban a alabar a Dios. El canto nos envolvía a todos. Era
una simbiosis entre lo cultural y lo sagrado, lo aparentemente
externo y lo más profundo del corazón.
En la consagración quedábamos envueltos por un profundo
silencio que tocaba el cielo y la tierra. Sentíamos que
Dios nos visitaba en el Cuerpo y Sangre de Jesucristo. Hasta
el doctor Francisco, cirujano cooperante italiano que participaba
los sábados en la Misa de los jóvenes, me expresaba su
sentimiento de alegría al percibír en ella una armonía profunda
que le confortaba. Éstas son experiencias de fe inolvidables que
permanecen de por vida.
Fuentes de vida
Sabemos que el orar con los cinco sentidos es muy importante.
Necesitamos entrar más por esta línea de alta velocidad para
darnos cuenta de las maravillas que se encierran en nuestro propio
cuerpo: La maravilla de ver, oír, gustar, oler y tocar. Son cinco
fuentes de vida, de felicidad y de encuentro con Dios. Se puede
mirar de muchas maneras, pero junto a miradas de comprensión
y cariño puede haber otras de desprecio, dominio o
indiferencia. Intentemos mirar como Jesús miraba: a los que otros desprecian (Lc 7, 44), a personas sencillas (Lc 21, 1-2), a personas
enfermas (Lc 13, 12), a los que llamaba para seguirle (Mt 9, 9).
También, la escucha es algo más que oír, es una actitud interior
de apertura y de acogida. Pablo nos dice que la fe entra por el
oído (Rom 10, 17-18) y Jesús estuvo siempre a la escucha de la voluntad de su Padre Dios (Jn 4, 34) y muy atento a las necesidades
de las personas que le rodeaban (Jn 5, 6).
En mi experiencia misionera de visitas a las comunidades
cristianas y personas amigas, he compartido mesa y comida
de gustos muy diferentes. Dentro de la pobreza te ofrecían lo mejor
que tenían. El paladar ampliaba el gusto y el sabor, sabiendo
de dónde venía. Es más, daba motivo para la alabanza y agradecimiento:
“Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que
se acoge a Él” (Sal
34, 9). También he
podido rezar con el
olfato al captar la variedad
de olores que desprenden las flores, las plantas y, en particular,
el jazmín.
Las personas somos atractivas por el olor que nos acompaña.
Pero nosotros, los cristianos, tenemos que irradiar “el buen olor
de Cristo” (2Cor 2, 15). Por fin, orar con el tacto. Nuestras manos,
pies, labios, cabellos… pueden llevar ternura y amor o, por
el contrario, pueden herir, destruir o encerrarse en sí mismas.
Contemplemos a Jesús de manos abiertas, siempre dando fuerza,
curando y levantando (Mc 1, 41).
Oír las necesidades de África
Atento a los misioneros que pasan por nuestra casa de Madrid,
tuve la suerte de escuchar al Hno. Luis Gardenio Murillo
Guerrero, misionero comboniano, natural de Costa Rica, que
venía de la República Democrática de Congo. La llamada vocacional
le surgió dentro del ambiente
familiar cristiano. Su madre le
propuso ya a los diez años ser misionero,
pero él mostró un poco de resistencia.
Pasaron unos años, terminó los estudios de electricidad
y salía con una chica. Sin embargo, en su interior sentía
que nada le llenaba. Su vocación se despertó al oír hablar a un
misionero sobre las necesidades de África. Entonces, se dijo:
“¿Qué hacer para ser sacerdote?”. La cabeza le daba vueltas.
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La Providencia le abriría la puerta al participar en una
convivencia vocacional organizada por los Misioneros Combonianos
en San José, capital de Costa Rica. Durante un año fue
conociendo a los combonianos y participando en las convivencias
sin comunicarlo a la familia. Faltaban pocos días para entrar
en el Postulantado y tuvo que decir a su familia que iba al seminario
para ser sacerdote misionero. Entonces la madre lloró,
el padre aceptó en silencio, la hermana
brincaba de alegría, el tío se negaba y la
novia le dijo: “Si esto te hace feliz, ánimo”.
Así fue e hizo el Postulantado, donde
reforzó la fe y le aconsejaron que fuese
hermano. Siguió el Noviciado en México,
que le abrió los ojos a la realidad e hizo
los primeros votos. Después fue enviado
al Centro Internacional de Hermanos
en Bogotá, donde cursó Ciencias
Religiosas, conoció más a Dios por
el estudio de la Palabra, tuvo una convivencia
fraternal con los compañeros y
afrontó su timidez.
No perder la esperanza
El Papa hace también
esta llamada: “Se necesitan jóvenes que
dejen arder dentro de sí el amor de Dios y respondan
generosamente a su llamamiento”. No
tengáis miedo de convertiros en santos misioneros
como Francisco Javier, Teresa del Niño
Jesús, Daniel Comboni, para proclamar la esperanza
de Cristo resucitado en cada rincón de
la tierra. Recordad: ¡la Iglesia confía en vosotros!
Que el Espíritu Santo inflame vuestros
corazones. ¡Feliz fiesta de Pentecostés!
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