LA ALEGRÍA DE VOLVER
Por Juan Sánchez Arenas
Octubre es el mes misionero por excelencia. El Papa Benedicto XVI nos invita a un mayor compromiso evangelizador: Que todas las Iglesias sean para todo el mundo. El impulso misionero no puede parar. Éste es el testimonio concreto que nos ofrece el misionero comboniano
P. Rafael Armada a su regreso a la misión de Waterval, en Sudáfrica. En su rostro se refleja la alegría de volver a la misión para vivir más cerca de la gente y aprender de su sencillez y espiritualidad.
Hay momentos que marcan la
vida de las personas. Uno de
ellos es sentirse identificado
con su misión. El misionero que deja
la tierra que le vio nacer y se adentra
en otra que le recibe, lleva la alegría
de la vida. Este don que viene de Dios
genera una fuerza tan elevada que da
sentido a todo lo que hace. Las dificultades
no paran este movimiento
del Espíritu de entrega a los demás,
pues el anuncio de Jesucristo da vida,
y vida en abundancia (Jn 10, 10).
El impulso misionero no es fruto
del esfuerzo humano simplemente.
Hay coordenadas de la vida que no
se negocian en subastas públicas. El
amor abre horizontes que nos cuesta
formular. Aparece como regalo, como
don. Esta dimensión se manifiesta en
el compromiso evangelizador y se
hace visible en la alegría de volver a
la misión. No hay tormenta que pare
este movimiento ni familia carnal
que lo pueda eliminar.
El Papa Benedicto XVI, en su mensaje
para la Jornada Mundial de las
Misiones, manifiesta la urgencia y la
importancia de la acción misionera
de la Iglesia. Reafirma, también, que
el compromiso misionero sigue siendo
el primer servicio que la Iglesia
debe prestar a la humanidad. Este desafío
interpela a todas las comunidades
cristianas para un mayor compromiso
evangelizador. El espíritu
misionero tiene que aparecer y crecer
cada día en nuestros corazones. El
mandato misionero de Jesús de Nazaret
de "Id y haced discípulos de todos
los pueblos." (Mt 28, 19-20), ha
dado muchos frutos y seguirá dando
más si nos implicamos en él. Por tanto,
hay que mojarse con generosidad
y entrega para que el amor no se quede
sólo en buenos deseos.
SU ROSTRO RESPLANDECÍA
Hace pocos días tuve la suerte de encontrarme
con el P. Rafael Armada,
misionero comboniano madrileño,
que volvía a la misión en Sudáfrica
después de unas merecidas vacaciones.
Su hermano y hermana le acompañaron
al aeropuerto. En su rostro
resplandecía la alegría de volver a la
misión de Waterval, parroquia de la
Sagrada Familia, diócesis de Witbank.
Pocos días antes, él me había
hablado de su vocación y experiencia
misionera. Su proceso vocacional y
empeño misionero puedan animar
nuestras conciencias sobre la misión
ad gentes.
Desde la niñez, su familia recibía
la revista Mundo Negro, y su interés
por el mundo misionero le inquietaba.
De hecho, a los 15 años comenzó
a participar en el grupo misionero
que los combonianos animaban en
Madrid. Colaboró como monitor de
la revista Aguiluchos en varias ocasiones
y escogió la carrera de ingeniero
agrónomo pensando en ayudar a
las misiones. Al terminar la carrera
llegó el momento de tomar una decisión.
Quiso ir de peregrinación a Tierra
Santa en 1991, pero un accidente
se lo impidió. Entonces se retiró unos
días al monasterio de Buenafuente
del Sistal (Guadalajara), donde sintió
la llamada a la misión con más fuerza.
Desde este momento, fue acompañado
en el discernimiento vocacional
y entró en el postulantado comboniano
de Granada en 1992. Allí, sintió la
ilusión y la novedad de una nueva vida
en comunidad, en familia. El ambiente
de libertad y, al mismo tiempo,
de responsabilidad le hizo crecer.
Los estudios de Teología le animaron.
Y lo que más le llamó la atención
de los combonianos fue el sentido de
hospitalidad y de pasión por la misión.
En el noviciado de Santarén, Portugal,
experimentó su primer choque
cultural al tener que adaptarse a una
nueva realidad y aprender el portugués.
Las actividades pastorales y la
oración le ayudaron a estar en sintonía
con su sentir misionero.
A sus 30 años tuvo el primer
contacto con los africanos en el escolasticado
de Nairobi, Kenia. La
teología africana, las oportunidades
de pastoral en los barrios de
Nairobi y en las zonas rurales le
fueron preparando para la misión.
En esta última etapa de formación pudo vivir valores relevantes como
la interculturalidad, el apostolado
directo, la hospitalidad y el entusiasmo
por la misión.
En 2001 fue ordenado presbítero
por Mons. César Franco, que había
sido sacerdote en su parroquia. Fue
un momento muy emotivo. La animación
misionera y el coro africano
que cantó en la Misa le emocionaron.
Vivió este sacramento como un regalo
de Dios al servicio de la Iglesia misionera.
COMO AGUA DE MAYO
El P. Rafael recibió su destino a Sudáfrica
con mucha alegría. El 26 de septiembre
de 2001 aterrizó en Johanesburgo.
Después de varios meses de
adaptación y estudio de la lengua
tsonga llegó a la misión de Waterval
en marzo de 2002. Sus compañeros de
comunidad le esperaban como agua
de mayo. Las 22 comunidades con 4
lenguas diferentes necesitaban de su
ministerio sacerdotal. El famoso Parque
Kruger, que limita con Mozambique, da colorido a la zona. El río Limpopo
y sus afluentes Elefantes y Komati
abastecen de agua a esta sabana.
Lo que más le impresionó al P. Rafael
al llegar fue que la misión había
sido construida lejos de la población.
Claro que, 40 años atrás, la historia
era diferente. El régimen del apartheid
sólo dejó construir la misión en esta
zona. La separación entre sudafricanos
de origen europeo (blancos) y de
origen bantú (negros) fue radical. El
blanco no podía pasar la noche en una
comunidad negra y viceversa. Las comunidades
cristianas fueron naciendo
poco a poco y por eso están en medio
de las poblaciones. Conviene saber
que en esta zona atendida por los combonianos
el 95 por ciento es de origen
bantú y el 1 por ciento miembros de la
Iglesia católica. La situación de disgregación
social todavía se vive, de modo
especial en las zonas rurales. Es verdad
que se han dado pasos de integración.
Sin embargo, los miedos, las relaciones
y los derechos de igualdad
necesitan más tiempo para cambiar.
En este gran país podemos apreciar
muchos signos positivos. Personas
como Walter Sizulu, Nelson
Mandela y Desmond Tutu han creído
y siguen creyendo que la gente de diferentes
etnias y culturas pueden
convivir juntas en Sudáfrica. Tengamos
presente que la población es en
un 80 por ciento de origen bantú
(negra), un 12 por ciento de origen europeo
(blancos) y un 8 por ciento de
origen asiático. Esta riqueza cultural
está siendo impulsada por la democracia.
Del mismo modo, el intento
de distribuir las riquezas naturales
más equitativamente está en proceso.
En el Gobierno de Mandela se construyeron
muchísimas casas para la
población necesitada y se crearon 13
millones de pensionados. El actual
Gobierno de Thabo Mbeki ve cómo la
economía crece el 6 por ciento y está
surgiendo una clase media.
"SOMOS CAPACES"
La Iglesia católica representa en su globalidad el 7 por ciento. En el pasado
no fue apoyada porque contestó
a las injusticias que sufrían los
pobres. También porque fue asociada
a los blancos. Sin embargo, ha
participado en iniciativas de integración
racial y de liberación. En estos
momentos los sudafricanos nativos
asumen responsabilidades de gobierno.
Hay un pensamiento común
entre ellos: 'los misioneros vinieron
a ayudarnos y nosotros ahora tenemos
que apoyarles'.
Existen desafíos sociales de integración,
pues muchos hombres salieron
a trabajar a las minas de oro,
platino y carbón dejando las familias.
No obstante, la gente se ha comprometido
en el cuidado de los enfermos
y de los niños. El sida alcanza
al 15 por ciento de la población;
es el segundo país del mundo, después
de la India, en número de infectados.
En este sector ha habido una
gran solidaridad por parte de las comunidades
cristianas y de la sociedad
en general.
Los jóvenes animan y dan testimonio
a otros jóvenes con encuentros,
deportes, danzas y catequesis. También
hay necesidad de sacerdotes y
de inculturación. Sin embargo, el salto
vocacional es un desafío. El carisma
comboniano se vive encarnado
en el sentimiento de autoestima, de
autosuficiencia, en que vive el sudafricano.
Se percibe a primera vista el
grito de que nosotros "somos capaces".
Da alegría sentir esto en boca
de un pueblo que ha sido humillado.
Al volver a Sudáfrica, el P. Rafael
sentía una gran alegría. Y nos decía
que su sueño era caminar al ritmo
de la gente, aprender de su sencillez
y espiritualidad. Deseaba, también
con nosotros, que la Iglesia católica
en Sudáfrica y la nuestra sean más
misioneras ad gentes, como el Papa
nos pide en este mes de octubre misionero.
Agradecemos al P. Rafael Armada
su testimonio de vida y pedimos al Espíritu Santo que le anime en su
misión, y a nosotros a vivir el lema
del DOMUND con entusiasmo y entrega:
"Dichosos los que creen".
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