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Juan Sánchez Arenas. Misionero Comboniano






LA ALEGRÍA DE PARTIR

Por Juan Sánchez Arenas

Octubre es el mes misionero por excelencia. La voz de la solidaridad misionera nos interpela. Ir a todos los rincones de la Tierra son “palabras mayores”. Este servicio a la humanidad conlleva evangelizar: anunciar a Jesucristo y atender el grito de los excluidos. El P. Laureano y los Hnos. Arístides y Alberto, misioneros combonianos, comparten con nosotros su compromiso misionero.


El P. Laureano Rojo, a la izquierda, junto al Hno. Arístides Holgado.

En octubre nos metemos de lleno en el mes misionero por excelencia. De una manera u otra, a todos nos llega la voz solidaria de los misioneros y las misioneras. En este intercambio de escucha y de participación entramos en diálogo con el mundo global. Estos mensajeros del Evangelio de Jesús nos ponen en contacto con la humanidad empobrecida. Ellos están día y noche al pie de realidades que necesitan el apoyo de todos nosotros y nos estimulan a compartir lo que somos y tenemos. Toda comunicación que viene del estar con los pobres enriquece nuestra persona. Pues llevamos dentro de nosotros el deseo de darnos a la gente.

La verdadera alegría viene de ayudar al que lo necesita. Esta llama interior, fuente de humanización, la he experimentado desde pequeño. Surgió al escuchar lo que Jesús de Nazaret hizo, predicaba y vivía. Su persona y mensaje siempre me inquietaron. Me sentía feliz cada vez que realizaba un gesto de apoyo. Este deseo de entrega fue creciendo de tal manera que me llevó a ser misionero comboniano. Mi experiencia misionera, más de una veintena de años, me ha dejado como herencia el poso de la alegría. Pienso que ha sido fruto del Espíritu y del haber estado al lado de los más pobres compartiendo fatigas y alegrías.

IRRADIAR ALEGRÍA

En este contexto gozoso de volver a la misión he podido contemplar el rostro de misioneros combonianos que irradiaban alegría. Su felicidad les venía de la misión y de su experiencia misionera. Al verles partir me provocaban una envidia galopante y avivaban mi entusiasmo por la misión. Este sentimiento tan intenso en lo humano como en lo divino, nos mantiene en pie y nos abre el apetito del compartir y agradecer. El flujo misionero revitaliza la humanidad y despierta a las Iglesias locales a vivir más apasionadas por la misión, pues no podemos dejar para mañana el desafío profético del amor que conlleva el grito de Pablo: “¡Ay de mí si no evangelizo!” (1Cor 9, 16).

Benedicto XVI, en su mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones, nos invita a todos los bautizados a reflexionar sobre la urgencia de anunciar el Evangelio atendiendo el mandato misionero como prioridad absoluta. La humanidad sufre y tiene necesidad de ser liberada y redimida. Un mundo diferente y mejor está en nuestras manos. La mirada hacia los que más sufren es una necesidad para ser contemplada dentro del panorama internacional. Los pobres son personas concretas y su grito es la exclusión de lo más humano. Este escenario de miles de millones de persona urge cambiarlo. No escurramos el bulto diciendo que nosotros estamos en crisis económica. El anuncio del Evangelio es puerta de esperanza y de vida abundante para todos.

IR A TODOS LOS RINCONES

Hno. Alberto Lamana, en el centro, trabajando en Juba (Sudán Meridional)

Ponerse en marcha a la misión son “palabras mayores”. ¿Dónde están los misioneros y misioneras hoy? ¿Dónde está el chico o la chica que sigue a Jesucristo? ¿No estaremos padeciendo una insuficiencia cardiaca misionera? Tal vez necesitamos de marcapasos implantados por el Espíritu Santo para llevar adelante el mandato misionero de ir a todos los rincones de la Tierra (Mt 28, 19-20).

La misión “ad gentes” sigue adelante. Dos Hermanos comboniano nos ofrecen su testimonio misionero vocacional antes de partir para la Misión. Alberto Lamana Consola, natural de Zaragoza, y Arístides Holgado Salvide, nacido en Madrid. Juventud y edad avanzada se entrelazan con sabor africano. Alberto regresa a Juba, Sudán Meridional, entre los dinkas. Se trata de una zona de primera evangelización con un hospital, escuela y una emisora de radio nueva. Arístides, después de ocho años de servicio entre Colombia y España, vuelve a Mozambique donde estuvo 17 años en la provincia de Nampula, entre los macuas. Esta vez va a la capital, Maputo, entre los rongas, changanas y la mezcla de tribus de todo el país.

En agosto estuve con Arístides en Vilvestre, precioso pueblo de Salamanca, con vista panorámica al río Duero y Portugal. También nos acompañó el P. Laureano Rojo, que partía para México. Fue un momento agradable y lleno de recuerdos para Arístides al despedirse de sus amigos y conocidos. Él desde niño frecuentó este lugar en vacaciones de verano viviendo en casa de su abuela paterna. En medio de las tertulias no faltaba la pregunta: ¿cómo te vas a Mozambique con 70 años? Él, con la sonrisa en el rostro, les decía que estaba bien de salud después de unos “arreglos” y quería compartir su último tramo de vida entregándose a los otros. Claro que esta manera de actuar la entendían pocas personas.

CONSTRUIR PERSONAS

  El P. Juan Arenas, segundo por la izquierda, conversando a la salida de la Iglesia

Entregarse a los otros tiene raíces profundas. Es propio del que es llamado. El impulso de la vocación te empuja, es fuerza del Espíritu de Dios. Arístides vivió su primera experiencia misionera en un periodo de guerra. Él, que era arquitecto, pensaba construir por todos los lados. Sin embargo, la realidad le obligó a trabajar en la educación con jóvenes. Trabajar en la educación con jóvenes le permitió construir personas y tener un contacto más directo con ellas. Su intento de trabajar lo humano le permitió aflorar el resto, lo espiritual, dándoles atención, cercanía y cariño. De esta manera los jóvenes le comunicaron entusiasmo y novedad. En su servicio misionero intentó integrar lo práctico en la pastoral como profesor, catequista y formador. De su experiencia nos deja el siguiente lema: “Entregarse a los otros para ser feliz”. Al mismo tiempo, partía alegre y feliz para Mozambique diciendo: “Dios confía en mí y me quiere.”

A comienzos de los años 90 conocí a Alberto Lamana en Zaragoza. Procedía de una familia cristiana y comprometida. Era yudoca profesional y técnico excelente. Muchos domingos por la tarde pasamos juntos en la casa de los combonianos con otros jóvenes que sentían la llamada a la misión. El tiempo pasó y él entró en los combonianos como Hermano y terminó su formación en Nairobi, Kenia. Su primer destino fue en Mapuordit, Sudán Meridional, en 2001. Esta misión nació en torno a una escuela de cabañas, poblado emergente por causa de la guerra. Poco a poco se fue mejorando hasta tener 2.000 alumnos y se ha construido un hospital con quirófano y 50 camas. También se atienden diez comunidades de la Parroquia Santa Josefina Bakhita.

SER MÁS GENEROSOS

La evangelización es incipiente y la Iglesia está bien vista. Los protestantes hicieron traducciones de la Biblia en diversas lenguas locales. La ayuda humanitaria ha creado cierta dependencia. Por otro lado, la gente que estaba en los campos de refugiados en el norte de Kenia ha visto que los países limítrofes se han desarrollado. Todos perciben que sin construir la paz no hay crecimiento. Por eso, la palabra de Dios que más se siente es la que se refiere a la paz y el perdón.

En esta nueva etapa de paz los pasos pastorales van en la línea del desarrollo y de asumir su propio crecimiento. El Hermano Alberto trabaja de lleno en el proyecto de implantar una radio en cada diócesis de Sudán Meridional. En Juba ya está la FM a todo gas y se dan cursos de formación a jóvenes que asumirán este servicio. Alberto vuelve entusiasmado a Juba y nos deja este mensaje: “Ir más allá de vuestras situaciones y ser más generosos para construir un mundo más justo”.

 




     

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